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Terrorismo machista y capitalismo

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Entre enero y noviembre de  2017, 43 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas por el hecho de ser mujeres, por  ser tratadas como seres inferiores por parte de sus asesinos, una violencia ideológica a través de la fuerza, a través del terror: terrorismo machista. De ellas, un 18% habían acudido a las autoridades.

"Cambiar de raíz la situación de la mujer no será posible hasta que no cambien todas las condiciones de la vida social y doméstica”.

Trotsky, Escritos sobre la cuestión femenina

 

 

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) define la violencia contra la mujer como todo acto que cause “un daño físico, sexual o psicológico a la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.

 

Entre enero y noviembre de  2017, 43 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas por el hecho de ser mujeres, por  ser tratadas como seres inferiores por parte de sus asesinos, una violencia ideológica a través de la fuerza, a través del terror: terrorismo machista. De ellas, un 18% habían acudido a las autoridades.

 

Si los asesinados fueran políticos o policías, estos crímenes se considerarían cuestión de Estado, pero son mujeres. La violencia machista es el brazo armado de un sexismo discriminatorio anclado en esta sociedad capitalista y patriarcal que ejerce continua violencia sobre las mujeres. Esta violencia está basada en la desigualdad de derechos a lo largo de toda la historia. Lo importante es que se trata de una inseguridad y de unos complejos que no son de carácter particular sino de transmisión cultural y, por tanto, política.

 

Entre junio del 2015 y el mismo mes del 2016, cuando se realizaron las dos masivas movilizaciones de #Niunamenos en Argentina, fueron asesinadas en este país 275 mujeres. El 'caso Pérez', por su saña y brutalidad, volvió a poner el problema en un urgente primer plano. Mientras los medios detallaban con cierto morbo el destino atroz de la adolescente en una ciudad administrada por un alcalde de derechas, en otra ciudad, Rosario, 400 kilómetros al norte de la capital, 70.000 personas se habían reunido en el marco del 31º Encuentro Nacional de Mujeres en defensa de la igualdad de género. La jornada terminó con una inusitada represión policial. En México, 36.000 feminicidios desde 1985. La violencia sobre la mujer se extiende  a todos los países latinoamericanos.

 

Las mujeres polacas el 4 de octubre de 2016,  desoyendo al Gobierno ultraconservador y opresor, a sus maridos y a los curas,  protestaron de la misma manera que en la década de 1990 hicieron en Suiza sus mujeres, declarándose en huelga general durante un día, abandonando sus trabajos, sus escuelas y hasta sus hogares, para defender el derecho al aborto.

 

En España, como en el resto del mundo, los asesinos de mujeres están impregnados de una ideología dominante que desprecia a nuestro género y cuyo caldo de cultivo es una desigualdad como la que promueven las políticas educativas del gobierno español y sus obispos.

 

En el fondo de toda esta violencia está el sistema capitalista y patriarcal. Un sistema violento que ha utilizado a la mujer y a la familia para mantener sus bases y centralizar los trabajos  domésticos y de cuidados en las mujeres, transformándolas en una propiedad privada más del hombre; en el caso de las trabajadoras, la esclava del esclavo.

 

Los recortes del Partido Popular matan y sus políticas son ineficaces e insuficientes para proteger a las mujeres que sufren violencia y a las que son asesinadas. Se habla de un pacto de Estado que no se traduce en nada si no se dota del presupuesto necesario y se aplica desde las instituciones más cercanas a las mujeres.

 

A nivel internacional, las mujeres se ven cada vez más golpeadas y empujadas a la lucha contra la violencia y por sus derechos. La revolución socialista  lleva a que las personas tomen sus destinos en sus propias manos y construyan una nueva sociedad para sí mismos. El establecimiento de una sociedad socialista, creando el fundamento social y económico donde la desigualdad, la opresión y la explotación ya no tengan una base material, es un objetivo fundamental. A partir de ahí, los grupos históricamente oprimidos como las mujeres tendrán las oportunidades y los recursos que necesitan para abordar sus propias necesidades originales surgidas de generaciones de opresión y discriminación. Sobre esta base de  genuina igualdad social, las personas pueden comenzar a relacionarse entre sí a un nivel  más   humano, Solo mediante la construcción de una nueva sociedad, se hará posible una nueva conciencia colectiva.