Ciencia
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Está claro que ante problemas tan vastos, cuyos efectos se evalúan a lo largo de décadas, como el cambio climático, la reducción de emisiones nocivas, la transición a fuentes de energía limpia, sería necesaria una coordinación y planificación a nivel global a corto, medio y largo plazo. Sería necesario involucrar a la población en la elección de las estrategias a adoptar: ¿en qué sectores deberían invertirse los recursos públicos? ¿Qué proyectos de infraestructura deben priorizarse? ¿Qué medidas son más urgentes para la protección del territorio y del medio ambiente?

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Sin embargo, la planificación democrática internacional de este tipo es absolutamente imposible bajo el capitalismo, debido a sus propias características fundamentales: la propiedad privada de los medios de producción y la existencia de los Estados nacionales. El capitalismo es de hecho un sistema económico anárquico, basado exclusivamente en maximizar las ganancias a corto plazo. Las grandes multinacionales energéticas, que en muchos casos tienen un PIB más alto que el de muchos países, no establecen sus estrategias en función de las necesidades de las grandes masas de la población, sino en función de los beneficios de sus accionistas. Con todos los recursos económicos concentrados en manos de una pequeña élite financiera, no es difícil entender por qué no realizan las inversiones necesarias para mitigar los efectos del calentamiento global o para avanzar en la investigación de la fusión nuclear o en la extensión de la energía solar.

La prueba de lo que decimos es el escándalo desatado estos años por grandes compañías automovilísticas, como Volkswagen, sobre la instalación de motores diésel que se supone habían sido transformados para reducir la emisión de gases contaminantes. Al final resultó ser un gran fraude. Los motores seguían contaminando igual que antes pero se le hizo pagar a los usuarios más dinero por esos automóviles para simplemente enriquecer todavía más a esas compañías.

Otro ejemplo es el fraude del reciclaje del plástico. Ahora se sabe que el 75% del plástico recogido en Europa y Norteamérica para su supuesto reciclaje es, o bien incinerado en casa (agravando la contaminación ambiental) o empaquetado y enviado a países pobres de Asia y a China, a los que se les paga un dinero para que hagan con ese plástico lo que quieran. Esto significa generalmente enterrarlos en vertederos o arrojarlos al mar, sobre todo en el Pacífico sur, de ahí el origen de gran parte de la contaminación del mar por plásticos.

Por otro lado, el plástico –que también se obtiene del petróleo– es un negocio fundamental para muchas corporaciones que deberían estar investigando en nuevos materiales no contaminantes, para sus envases, y no hacen nada. Así, un estudio de Greenpeace –a través de la campaña Break Free From Plastic– sobre el origen de los envases hallados en alta mar, reveló que las marcas más contaminantes son, por este orden: Coca-Cola, PepsiCola, Nestlé, Danone, Mondelez International, Procter&Gamble y Unilever.

Al obstáculo de la propiedad privada y de los beneficios de las grandes empresas para reducir la contaminación, se le suma el obstáculo de los Estados nacionales. Aunque todos los pueblos tienen un interés común en preservar y proteger el medio ambiente en el que viven, es imposible coordinar recursos y políticas a nivel global de la manera más efectiva posible, cuando el mundo se divide en una serie de Estados-nación, cada uno con su propio gobierno decidido a proteger los intereses de su burguesía nacional. ¿Cómo se pretende arrancar una política de reducción de CO2 a nivel mundial cuando Trump impulsa el petróleo y el carbón para minar la competencia alemana y china a la industria estadounidense? ¿O cuando la Unión Europea y Rusia se enfrentan por el control de las líneas de aprovisionamiento de gas? ¿O cuando Bolsonaro en Brasil está deforestando la Amazonia a gran escala para favorecer los negocios de las corporaciones mineras y el agronegocio del cultivo de soja? ¿Podemos confiar en políticos burgueses que son incapaces de garantizar empleos, salarios, vivienda, educación y sanidad dignos para todos en sus países, que promueven guerras y la venta de armas en otros, y que han provocado la barbarie en Oriente Medio y otras partes del mundo originando el gravísimo problema de millones de desplazados en todo el mundo? ¿Cómo podemos esperar de ellos que atiendan las necesidades ambientales que requiere nuestro planeta para salvarlo de su destrucción?

No somos doctrinarios. Es cierto que en los países capitalistas más desarrollados se están tomando algunas medidas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, pero su alcance es tan limitado, sus proyectos se dilatan tanto en el tiempo, las dificultades que oponen las grandes empresas para reconvertir sus emisiones contaminantes son tantas, que resulta imposible que  cumplan los objetivos del Acuerdo de París en el plazo previsto.

Así pues, también sobre las cuestiones medioambientales es necesario tener una perspectiva revolucionaria, que plantee la expropiación de los grandes conglomerados financieros, industriales, lafitundistas y energéticos, la planificación de la economía bajo control de los trabajadores y la creación de una federación socialista entre los diferentes países. Sólo la clase trabajadora, que constituye la gran mayoría de la sociedad y produce toda la riqueza, puede aprovechar los hallazgos científicos y ponerlos al servicio de la población, emprendiendo los pasos necesarios para evitar la destrucción de los recursos naturales del planeta.

Sobre bases socialistas, podríamos alcanzar las demandas del Green New Deal y mucho más.

Es evidente que existen los recursos para una transformación medioambiental tan ambiciosa. El hecho es que ya existe una cantidad increíble de riqueza. Por ejemplo, se estima que más de 1 billón de euros se encuentran sin invertir en las cámaras acorazadas de los grandes compañías europeas. En los EE.UU., la cifra se acerca más a los 2 billones de dólares, y va en aumento. El gigante tecnológico Apple, solo, se sienta en una montaña de dinero en efectivo de más de 200 mil millones de dólares.

Este dinero está ocioso en las cuentas bancarias de las grandes empresas porque los banqueros y los patrones no pueden encontrar una vía rentable para la inversión en el contexto de un mercado mundial saturado y una economía global en crisis. Aquí vemos el papel reaccionario de la propiedad privada de los grandes medios de producción y cómo entran en colisión con las necesidades de la inmensa mayoría de la humanidad.

Para poder solventar la crisis climática, es necesario nacionalizar a las grandes empresas energéticas bajo control de los trabajadores, sin compensación. De esta manera, se erradica la producción para los beneficios de unos pocos (y todos los desastres que eso conlleva), sustituyéndola por la producción para cubrir las necesidades, mientras que a la vez se desarrolla la producción de manera coordinada y basada en la cooperación. Paralelamente, se debe cambiar radicalmente de modelo de producción de energía, abandonando progresivamente en el menor lapso posible la industria de los combustibles fósiles y invirtiendo muchos más recursos al desarrollo de la tecnología verde, desde su desarrollo a su reciclaje.

Para sostener el cambio indispensable en la producción de energía, es necesario nacionalizar también las fuentes de las inversiones: los bancos. Estas entidades financieras que dominan nuestra sociedad deberían ser expropiadas sin compensación, y puestas bajo control y gestión obrera. Al fin y al cabo, es la clase obrera la que produce la parte determinante de la vida, y por tanto es la clase mejor preparada y con más capacidad para saber donde es necesario invertir, cómo, cuanto, etc. Solo controlando las palancas fundamentales de la economía es posible realizar los cambios necesarios para salvar el planeta.

En una sociedad socialista, la producción estaría orientada a cubrir las necesidades del conjunto de la población de manera armoniosa con la naturaleza. Bajo el socialismo, se darían las oportunidades para desarrollar la tecnología de manera vertiginosa, combinando la inversión necesaria con la cooperación y la coordinación, pudiendo así no solo detener la destrucción del planeta, sino revertir el daño hecho.