El político venezolano Enrique Márquez, exrector del Consejo Nacional Electoral (CNE) y excandidato presidencial en 2024, ha sido expuesto como trofeo por Donald Trump durante su Discurso del Estado de la Unión ante el Congreso de Estados Unidos el pasado martes 24 de febrero. Márquez, quien permaneció un año tras las rejas de manera arbitraria, se convirtió en uno de los primeros presos políticos liberados tras la invasión y bombardeo estadounidense sobre Venezuela, y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores.

La asistencia de Márquez al discurso más importante del presidente estadounidense, en carácter de invitado de honor, tiene una gran significación en el momento político actual. Este hecho puede suponer una apuesta de la administración Trump sobre el destino de Venezuela; el posible intento de realzar una figura política capaz de encabezar la transición tutelada sobre Venezuela, en condición de sátrapa o gobernador del protectorado.

Márquez había sido detenido el 7 de enero de 2025 por oponerse al gobierno de Maduro e interpelar la validez de las elecciones presidenciales de julio de 2024, comicios en los que se postuló como candidato presidencial por su partido Centrados, en alianza con otras fuerzas políticas como el Partido Comunista de Venezuela (PCV), el Bloque Histórico Popular, entre otros.

En su discurso, Trump presentó a Enrique Márquez como símbolo de su «triunfo» personal en Venezuela, destacando su liberación tras el secuestro de Maduro. Luego, al más puro estilo de un reality show, anunció el emotivo reencuentro con su sobrina Alejandra —quien se crió con él— en pleno Capitolio. Márquez fue ovacionado de pie por congresistas demócratas y republicanos, en una exhibición bipartidista muy bien proyectada.

Venezuela bajo la tutela de Washington

Lo acontecido con Márquez es inseparable del contexto político actual, donde el imperialismo estadounidense ha consolidado un control semi-colonial sobre Venezuela, de la mano de la colaboración de las autoridades locales en todo el proceso. Las decisiones principales sobre nuestro país ahora se toman en Washington y se direccionan a través de la recién reabierta embajada estadounidense en Caracas.

Desde enero, Estados Unidos controla la exportación de petróleo venezolano y los recursos que se obtienen de esta, transfiriendo montos parciales al gobierno venezolano de manera indirecta y discrecional, primero, a través de un fideicomiso en Qatar, y ahora desde cuentas administradas por el Departamento del Tesoro yanqui. Por orden de la Casa Blanca, el parlamento venezolano aprobó la reforma a la Ley de Hidrocarburos, que permite la apertura petrolera a las multinacionales yanquis con bajas regalías y menos cargas impositivas, así como el control operativo de pozos e infraestructuras. También fue aprobada la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, que condona los crímenes de la derecha y la burguesía desde 1999, dejando por fuera de la posibilidad de liberaciones a cientos o miles de trabajadores y personas pobres encarceladas de forma arbitraria.

Por si fuera poco, entre enero y febrero, autoridades energéticas, militares y de inteligencia estadounidenses –que jugaron un papel crucial en la operación de bombardeo a Venezuela y secuestro de Maduro– han visitado el país para bajar líneas al gobierno sobre los pasos a seguir. El primero fue el jefe de la CIA, John Ratcliffe, quien planea establecer una presencia permanente de la agencia en Venezuela (27 de enero, 2026: https://cnnespanol.cnn.com/2026/01/27/venezuela/ee-uu-planifica-presencia-cia-maduro-trax). Luego, le tocó al Secretario de Energía del imperialismo, Chris Wright, quien se reunió con Delcy Rodríguez para establecer el control sobre la riqueza petrolera y gasífera de Venezuela, tras la emisión de licencias estadounidenses que levantan parcialmente ciertas restricciones. Y más recientemente, el General del Comando Sur, Francis L. Donovan, el cual sostuvo reuniones con la Presidenta Encargada, Delcy Rodríguez, el Ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el Ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

Esta es, a grandes rasgos, la Venezuela del 2026: un país cuya soberanía ha sido reducida a cenizas por la fuerza de las bombas y el cañón, y donde los factores dominantes de la política nacional, desde las distintas fracciones de la derecha hasta el PSUV, tratan de acomodarse a la nueva situación completamente arrodillados.

El “moderado conveniente” versus la intransigente radical

La presencia de Enrique Márquez en el Congreso estadounidense no fue un gesto humanitario ni una muestra de benevolencia por parte de Trump. Se trata, probablemente, de una maniobra política en torno a la transición venezolana que deja nuevamente a un lado la figura de María Corina Machado.

Numerosos análisis apuntan a que la aparición de Márquez en el Discurso del Estado de la Unión es un intento del imperialismo de erigir una nueva figura “moderada” que encarne la transición, actuando como simple cabeza de playa del imperialismo. Su rol podría ser como candidato a las próximas elecciones presidenciales, integrándose al Poder Ejecutivo en un giro hacia el establecimiento de un gobierno de unidad nacional o bien al frente del Consejo Nacional Electoral (CNE) durante este proceso.

Pero, a todas estas, surge una pregunta: ¿Por qué Trump, hasta ahora no ha estado dispuesto a permitir una participación más activa de María Corina Machado, la principal líder de la derecha venezolana, en el proceso que tiene lugar en el país? Más allá del descomunal narcisismo de Trump y sus constantes quejas por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, que terminó en manos de Machado; es evidente que el presidente estadounidense no confía en ella ni en su capacidad para liderar un proceso de transición controlada en Venezuela. En la primera rueda de prensa de Trump tras el ataque a nuestro país, este dijo de manera clara que Machado «no tiene el apoyo y el respeto» necesarios para liderar Venezuela.

Más allá de posteriores palabras de supuesta estima a Machado al estilo de “es una mujer estupenda” –forzadas por las constantes preguntas de los medios en ruedas de prensa–, Trump en los hechos no parece estar dispuesto a darle un gramo de protagonismo a Machado, quien, pese a sus deseos, permanece en Estados Unidos sometida a los designios de sus jefes. Esto quedó en evidencia en el episodio donde Machado fue a la Casa Blanca a ofrendar su medalla del Nobel al magnate. En esa ocasión, entró por una puerta similar a la del servicio, no fue recibida por Trump en la entrada, a un encuentro que resultó ser de poca relevancia política para sus aspiraciones de respaldo irrestricto del emperador.

Sin embargo, Machado no ha cesado en su intento de reafirmar su papel como principal líder de Venezuela, presionando para que se realicen elecciones lo más pronto posible, y reuniéndose con congresistas demócratas y diplomáticos de distintos países, para aglutinar apoyos para una “transición a la democracia” con ella al mando. Esta situación parece que ha sentado muy mal dentro de la administración Trump, al percibir que ella intenta robar méritos al Presidente estadounidense por la acción del 3 de enero (6 de febrero, 2026: https://politi.co/4ckNlDs).

La prepotente y reaccionaria líder derechista, la pretendida “dama de hierro” tropical, parece estar mordiendo la mano que la alimenta. De continuar, pudiera recibir alguna reprimenda, recordándonos el viejo dicho popular: “asi paga el diablo a quienes le sirven».

Aunque Machado sigue aferrándose a sus aspiraciones de poder, sus amos parecen haber decidido apartarla por el momento, dado a que representa un factor de inestabilidad. Su discurso intransigente, que busca judicializar a la cúpula psuvista, genera resistencia entre los altos mandos militares y políticos del madurismo, amenazando sus privilegios y seguridad personal. Si el imperialismo la impusiera como líder de la transición en la actualidad, se abrirían peligrosas posibilidades de fracturas militares, levantamientos y confrontación civil, las cuales el imperialismo está tratando de evitar a toda costa. Cualquier incendio, caos o situación de confrontación en Venezuela, repercutiría en grandes costos políticos para la Casa Blanca y presiones para una intervención a mayor escala. Por ello, Trump está impulsando una transición lenta y progresiva, que según declaraciones del Secretario de Energía, Chris Wright, pudiera demorar entre 18 y 24 meses hasta unas elecciones presidenciales (31 de enero, 2025: https://www.swissinfo.ch/spa/secretario-de-energ%C3%ADa-de-ee.uu.-prev%C3%A9-elecciones-en-venezuela-en-18-o-24-meses%2C-seg%C3%BAn-wsj/90868906). Así pues, el imperialismo preferiría apostar por la supuesta “moderación” de un personaje como Enrique Márquez.

Márquez presenta un perfil más confiable tanto para los estadounidenses como para los militares y dirigentes maduristas, ya que podría propiciar consensos y pactos, impunidad, preservación de privilegios y traspaso de poder progresivo, patrones típicos en toda transición burguesa, reduciendo las posibilidades de ruptura violenta del proceso. Esto es justo lo que necesita el imperialismo: lograr una transición pacífica que garantice la continuidad del control político y de los recursos estratégicos nacionales, así como estabilidad para los negocios, sin el riesgo de un conflicto interno o una insurrección popular.

El prontuario político de Marquez

Enrique Marquez fue diputado a la Asamblea Nacional por la oposición de derecha y Vicepresidente de Un Nuevo Tiempo (UNT), partido que conformó la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD), misma que, bajo la iniciativa de partidos como Voluntad Popular (VP) de Leopoldo Lopez y Vente Venezuela de Maria Corina Machado, impulsó “La Salida” (2014), una ofensiva insurreccional que buscó sin éxito derrocar el primer gobierno de Nicolás Maduro, mediante protestas de calle, barricadas reaccionarias y presión internacional. Márquez también hizo parte de la ofensiva insurreccional de 2017, que se saldó con la muerte de 120 personas, múltiples destrozos de obras públicas y el linchamiento de ciudadanos identificados con el chavismo o de piel oscura.

Aunque en 2018 fue expulsado de UNT y de la MUD por apoyar la candidatura presidencial de Henri Falcón –en un momento donde la mayoría de la derecha optó por la táctica del boicot–, al año siguiente apoyó en varias manifestaciones la instalación del falso gobierno interino de Juan Guaidó. Esto refleja que siempre estuvo alineado a los intereses del imperialismo en el país. Entre 2021 y 2023, en el marco del diálogo político gobierno–derecha, fue incorporado al CNE, lo que le permitió recomponer su imagen política y presentarse como “moderado” o de “centro”.

Tras su renuncia al CNE y en el marco de las postulaciones de candidaturas para las elecciones presidenciales de 2024, fundó el partido Centrados, de orientación centro–liberal, buscando proyectarse como una supuesta figura “despolarizada». Gracias a su habilidad para las maniobras y ciertas relaciones e influencias dentro de la institucionalidad madurista, pudo conseguir una tarjeta electoral para postularse a las presidenciales, en un contexto donde el gobierno ordenó el secuestro y usurpación de innumerables tarjetas electorales de partidos como Patria Para Todos (PPT) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV).

Pronto, fue capaz de atraer a su órbita a personajes como Juan Barreto, exalcalde mayor del chavismo, quien disolvió su organización, Redes, en Centrados. El PCV decidió brindarle su apoyo para las presidenciales de 2024, intentando presentar a un proimperialista de la peor calaña como una «opción progresista» para los trabajadores. Este apoyo se mantuvo pese a las declaraciones de Márquez sobre la necesidad de que el país alcance un acuerdo con el FMI, estando de acuerdo con el recetario de shock siempre ordenado por este organismo imperialista.

Como podemos ver, Márquez no es ninguna persona neutral o un outsider que desde el centro trata de recomponer el rumbo político del país. Se trata de un cambiapieles que intenta venderse como un demócrata moderado, cuando en el pasado apoyó los planes golpistas más antidemocráticos que orquestó el imperialismo y la burguesía tradicional venezolana.

La bancarrota del frentepopulismo

Finalmente, no podemos olvidar nuestra crítica frontal a la política adoptada por el PCV y el Bloque Histórico Popular al apoyar la candidatura presidencial de Enrique Márquez en 2024. Lo manifestamos en nuestro análisis “Elecciones presidenciales en Venezuela: entre la muerte por asfixia o la decapitación” (20 de julio de 2024: https://luchadeclases.com/?p=12399).

En ese texto, dedicamos un apartado entero a desmontar el acuerdo programático firmado en el teatro Cantaclaro del PCV, denominado “Comprometidos con los trabajadores”. En este acuerdo, Márquez se comprometía a eliminar el Memorándum 2792 y el Instructivo Onapre, aumentar salarios y derogar la Ley Antibloqueo, entre otras medidas. Pero se trataba de meras promesas electorales, que Márquez jamás honraría, pero que necesitaba para acumular apoyos y erigirse como una figura de “centro–izquierda”, dispuesta a pelear por los intereses de la clase obrera y el pueblo pobre en general. Esto recuerda muchísimo al Acuerdo Unitario Marco que el PCV hizo firmar a Maduro en 2018, como condición para apoyarlo en las elecciones presidenciales de ese año, cuando el rumbo derechista del gobierno se aceleraba y se veía a leguas que Maduro lo rompería al menor impulso.

Lo cierto es que el PCV y el Bloque Histórico Popular apoyaron sin pudor y prestaron sus plataformas para impulsar la figura de un derechista y proimperialista como Márquez. Hoy, cuando Trump lo unge para un posible rol decisivo en la transición, no pueden alegar sorpresa: su historial siempre estuvo allí. Al respaldarlo, contribuyeron a su reconversión como figura “progresista”, moderada y demócrata, lavándole la cara y dándole un barniz de “izquierda” que le resultaba invaluable. Ese mismo barniz es el que hoy percibe el imperialismo como útil, a los fines de atraer apoyo de masas para su aparente elegido, tanto de la derecha como de la izquierda sin memoria.

Esta es la esencia y la consecuencia inevitable de la política del frentepopulismo: alianzas oportunistas con políticos liberales bajo la ilusión de una supuesta “unidad amplia”. Históricamente, esta política ha convertido a los partidos comunistas que la aplican en meras colas de la burguesía, subordinándolos al imperialismo en lugar de organizar y movilizar de manera independiente las fuerzas de la clase obrera. En los hechos, las organizaciones autoproclamadas antiimperialistas y revolucionarias que adoptan esta política no pueden evitar enterrar sus banderas y traicionar a la clase obrera para el beneficio de las clases dominantes.

La política que los comunistas y revolucionarios debemos defender en todo momento es la independencia política de la clase obrera frente a la influencia, la mentira y las trampas de las distintas fracciones de la burguesía y el imperialismo. En Venezuela y el mundo, esta política se traduce en la necesidad de construir desde abajo una referencia orgánica revolucionaria, al calor de las luchas del pueblo trabajador en defensa de sus intereses. Cualquier política que rompa con el principio de independencia de clases, se trata de atajos que solo llevan a derrotas estrepitosas, desmoralización y ruina. La larga historia de la lucha de clases en el mundo está allí para comprobarlo cientos de veces. Necesaria es la discusión y el debate sobre la política que necesitamos las organizaciones revolucionarias, para intentar remar las turbias aguas de la contrarrevolución consumada y la derrota histórica que está enfrentando la clase obrera en los actuales momentos.

¡Contra el dominio imperialista y la política de la sumisión!

En definitiva, lo que se perfila en los actuales momentos en Venezuela es una transición política, como corolario a la consolidación de un régimen de dominación imperialista. Frente a este escenario, no cabe la ilusión de que unas elecciones tuteladas o un nuevo sátrapa ungido en Washington puedan representar solución alguna para la mayoría trabajadora. La única certeza que nos deja este proceso es que todas las fracciones de la burguesía tradicional criolla y la capa de nuevos ricos del PSUV —las que mañana pretenderán administrar el país y las que hoy se arrodillan sin luchar— son igualmente enemigas de nuestros derechos y nuestro futuro como nación.

La política de sumisión impulsada desde el propio gobierno, presentada como realismo inevitable, no es otra cosa que claudicación vergonzosa. Al cerrar cualquier compuerta a la resistencia y la movilización popular, nos han condenado a un presente de derrota y a un futuro de lucha aún más difícil, donde la clase obrera deberá librar batalla por una nueva liberación nacional, que debe representar en todo momento una lucha implacable contra el atrasado capitalismo criollo y sus beneficiarios.

Por eso, más allá de las figuras que el imperio pretende imponernos —ya sea la intransigencia calculadora de Machado o la falsa moderación de Márquez—, nuestra tarea es la misma: denunciar sin tregua a todos aquellos que, desde cualquier trinchera, se presten a legitimar esta farsa. Cualquier ambigüedad frente a los verdugos del pueblo trabajador es un crimen político incuestionable.

Llegados a este punto, no basta con la denuncia. La construcción de una fuerza orgánica revolucionaria de la clase obrera se vuelve una necesidad imperiosa e inaplazable. Una fuerza que no negocie la independencia de clase, que no se deje seducir por cantos de sirena de falsos progresismos ni por alianzas espurias con sectores de la burguesía. Solo desde la organización autónoma de quienes producimos la riqueza de este país podremos enfrentar las turbias aguas de la contrarrevolución y empezar a remar, palada a palada, hacia una Venezuela verdaderamente libre, sin amos extranjeros ni patrones locales. Esa es la única transición que merece la pena. La transición al auténtico socialismo.