El sábado 7 de marzo se reunieron en Florida doce presidentes de distintos países de América Latina con Donald Trump. La intención formal del encuentro fue firmar la llamada Carta de Doral, que formaliza una coalición regional de seguridad para combatir a los cárteles de la droga y frenar la migración. El método planteado para alcanzar estos objetivos es la utilización de la fuerza militar.

Los presidentes Javier Milei (Argentina), Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador), Rodrigo Chaves (Costa Rica), Santiago Peña (Paraguay), Luis Abinader (República Dominicana), José Raúl Mulino (Panamá), Irfaan Ali (Guyana), Nasry Asfura (Honduras), Rodrigo Paz Pereira (Bolivia), José Antonio Kast (Chile, electo) y Kamla Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago) —todos de filiación política de derecha, al igual que Trump— se comprometieron con este pacto para compartir inteligencia y actuar de forma conjunta contra el “mal”.

Trump dijo en su discurso:

“En este día histórico nos reunimos para anunciar una nueva coalición militar para erradicar los cárteles criminales que asolan nuestra región”.

Y más adelante añadió:

“El compromiso es usar fuerza militar letal para destruir a los cárteles”.

Bajo el argumento de combatir el terrorismo, la crema y nata de la reacción se muestra dispuesta a utilizar la fuerza letal para enfrentar al llamado “narcoterrorismo” y reforzar el control de las fronteras con el objetivo de frenar la migración irregular.

La cumbre no fue realmente sobre el narco y la lucha contra las drogas, esto es solo la excusa, la causa real es agrupar a los países totalmente sometidos al imperialismo norteamericano en un bloque reaccionario que se mueva bajo las órdenes de Trump.

Esta política ya tiene ejemplos concretos, en Ecuador el imperialismo bombardeó un campamento de la disidencia de las FARC, llamados “Comandos de Frontera” en la provincia de Sucumbíos. En ese mismo país, se ha echado al personal diplomático de Cuba, sumándose a la campaña de presión imperialista a la isla.

Países como Jamaica, Honduras y Guatemala han roto los contratos con el gobierno cubano para contratar a los médicos de la isla que laboraban en los mencionados países. El encuentro fue para ratificar y endurecer esta línea de acción subordinada al imperialismo.

Los presidentes ahí reunidos son  suficientemente serviles al imperialismo que no se ruborizan cuando Trump les dijo en su cara:  “No voy a  aprender su maldito idioma”. Con una sonrisa idiota mantuvieron el decoro y siguieron la labor de vende patrias. 

Finalmente, en una declaración del Departamento de Estado  de los Estados Unidos se dice  lo siguiente con respecto a la Cumbre, para que no quede mayores dudas sobre el fin concreto: 

“Estados Unidos acogerá con satisfacción a nuestros aliados más firmes de nuestro hemisferio para promover la libertad, la seguridad y la prosperidad en nuestra región. Esta histórica coalición de naciones trabajarán unidas para impulsar estrategias que frenen la injerencia extranjera (China) en nuestro hemisferio, las bandas y cárteles criminales y narcoterroristas, y la inmigración ilegal y masiva.”

Una declaración de guerra para dos países no invitados

En su discurso inaugural, Trump se refirió a dos países que no estuvieron representados en la reunión. Sus palabras constituyeron, en la práctica, una amenaza directa. Refiriéndose a Cuba, afirmó que el país se encuentra al final de su camino y que está negociando con su gobierno:

“Cuba está en sus últimos momentos de vida tal como es ahora”.

Esta afirmación viene a reforzar lo que Trump ha venido declarando en los últimos días. Tras endurecer el bloqueo económico y petrolero contra la isla, ha llevado la situación interna del archipiélago al límite. El mensaje que transmite es claro: después de confrontar a Irán, buscará poner fin a lo que queda de la Revolución cubana.

Trump aspira a terminar con la Revolución cubana porque representa un símbolo particularmente incómodo para el imperialismo: el hecho de que, a pocos kilómetros de la mayor potencia capitalista del mundo, un proceso revolucionario haya logrado expropiar al capitalismo, planificar la economía y sostenerse durante más de seis décadas, a pesar del bloqueo económico.

El otro país al que se refirió Trump fue México. Aunque sus declaraciones no son completamente nuevas, el tono actual sugiere una mayor disposición a intervenir militarmente de alguna forma bajo el pretexto de “combatir” a los cárteles.

Trump afirmó:

“Es parte de nuestro compromiso para contrarrestar la presencia del cártel en nuestra región. Debemos reconocer que el epicentro de la violencia de los cárteles es México. Los cárteles mexicanos están alimentando y orquestando gran parte del derramamiento de sangre y el caos en este hemisferio. El gobierno de los Estados Unidos hará lo que sea necesario para defender nuestra seguridad nacional y proteger al pueblo estadounidense”.

En otras palabras, Trump presenta a México como el origen del problema de las drogas, lavándose las manos de la responsabilidad que tiene el propio sistema político y económico estadounidense en este fenómeno.

Como ya hemos señalado en otros artículos, el problema de las drogas no es lo que realmente preocupa a Trump. Para su gobierno, este tema funciona más bien como una excusa conveniente para presionar, chantajear o intervenir contra gobiernos que no se alinean plenamente con los intereses del imperialismo estadounidense.

El mensaje que emerge de su discurso es claro: en los próximos meses Cuba será presionada para “negociar” bajo una amenaza permanente, mientras que México podría enfrentar un aumento de las presiones políticas, económicas e incluso militares.

El problema del narco

Una política realmente efectiva contra las organizaciones criminales tendría que comenzar por limitar seriamente su acceso a armamento. Sin embargo, el imperialismo estadounidense no parece interesado en avanzar en ese sentido. Por el contrario, la industria armamentista obtiene enormes beneficios de este mercado.

Se calcula que entre 200,000 y 500,000 armas entran ilegalmente a México cada año, y alrededor del 70% provienen de Estados Unidos, según datos reconocidos por el propio gobierno estadounidense. Algunas estimaciones del gobierno mexicano elevan esta cifra hasta el 78%.

En términos económicos, se estima que el valor de estas armas oscila entre 200 y 400 millones de dólares anuales.

El segundo aspecto fundamental sería atacar el corazón financiero de los cárteles. Sin embargo, esto tampoco ocurre de forma significativa. En el mejor de los casos se realizan algunas incautaciones que reciben gran cobertura mediática, mientras que el flujo de dinero continúa circulando dentro del sistema financiero internacional.

Diversos estudios estiman que más de 100,000 millones de dólares al año provenientes del narcotráfico circulan en el sistema financiero estadounidense, vinculados principalmente al mercado de drogas dentro de ese país.

En México también se lava una cantidad enorme de dinero procedente del narcotráfico. Según diferentes estimaciones, el monto podría representar entre el 1.5% y el 5% del Producto Interno Bruto, lo que equivaldría aproximadamente a entre 25,000 y 85,000 millones de dólares anuales.

Para decirlo con claridad: los grandes capos del narcotráfico operan dentro de los mismos circuitos financieros que la burguesía internacional. No se trata de un fenómeno completamente externo al sistema, sino de una actividad que se entrelaza con él. Los grandes capos de la mafia son burgueses y están sentados en la mesa del capitalismo financiero internacional.

Desde una perspectiva marxista, esto no resulta sorprendente. El Estado no es una institución neutral, sino una herramienta de dominación de clase. Por ello, la política del gobierno estadounidense no busca eliminar completamente estos circuitos económicos, sino utilizarlos como pretexto para justificar intervenciones y presiones en la región.

Una continuación de la Doctrina Donroe

La reunión del 7 de marzo confirma y materializa una orientación política que ya se venía anunciando en el llamado “Corolario Trump” dentro de su estrategia de seguridad nacional.

Por un lado, Washington busca consolidar un bloque de gobiernos aliados que respalden sus objetivos políticos, económicos y militares en la región. Esto se refleja, por ejemplo, en las presiones ejercidas sobre distintos gobiernos latinoamericanos para que rompan acuerdos con Cuba o limiten sus vínculos económicos con China.

Sin embargo, esta estrategia enfrenta dificultades. En países como Argentina o Chile, China se ha convertido en uno de los principales socios comerciales. El imperialismo americano busca controlar los minerales críticos e infraestructura estratégica. Esta disputa de dos potencias extranjeras en países latinoamericanos traerá desestabilización y fuertes presiones de todo tipo. 

Al mismo tiempo, el gobierno estadounidense exige que sectores estratégicos de la economía latinoamericana se abran cada vez más a la inversión y el control de empresas norteamericanas, esto lo justifica diciendo que es parte de su “seguridad nacional”.

El objetivo general es claro: reforzar el control político, económico y militar de Estados Unidos sobre América Latina.

La alternativa es luchar, no ceder

Hasta ahora, la respuesta del gobierno mexicano ha sido la de “mantener la cabeza fría”. No está del todo claro qué significa exactamente esta postura, pero en la práctica lo que se ha visto es una serie de concesiones en distintos terrenos: migración, seguridad y política económica.

A pesar de los discursos sobre soberanía nacional, el gobierno parece cada vez más limitado frente a las presiones del imperialismo. En vez de enfrentarse seriamente contra este poder, se ha cedido de forma reiterada. Esto se repite con todos los gobiernos que defienden una política  burguesa y pequeñoburguesa.

Esta lógica es característica de las políticas nacionalistas: aceptar los límites impuestos por el sistema y tratar de negociar dentro de ellos, incluso cuando esas negociaciones terminan en concesiones cada vez mayores al imperialismo. 

El nacionalismo burgués se rinde ante los hechos consumados. Como el imperialismo impone las leyes por medio de la amenaza y la fuerza, no las pueden desafiar, lo que hacen es acomodarse a la nueva realidad y hacen malabares para mantener un discurso progre.

Frente a esta situación, la alternativa no puede ser la sumisión. La lucha en las calles y la organización de la clase trabajadora son los únicos caminos capaces de enfrentar de manera efectiva las presiones del imperialismo.

Incluso cuando las luchas no obtienen victorias inmediatas, contribuyen a clarificar la conciencia política de amplios sectores de la sociedad. Levantar la necesidad de la lucha de clases frente a la presión imperialista y el internacionalismos con la clase obrera de los países imperialistas, es fundamental. 

Parafraseando a Marx, una derrota después de una lucha abierta puede resultar más fructífera para la clase obrera que una derrota sin combatir, ya que esta última sólo conduce a la desmoralización y la pasividad.

Contra el imperialismo, la lucha comunista.