
Tras el escandaloso y no provocado ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, volvemos a publicar el siguiente artículo, que se escribió por primera vez tras la Guerra de los 12 Días en junio de 2025. Sigue siendo tan cierto como entonces.
Como se explica, los comunistas deben tener absolutamente claro una cosa: se trata de una guerra imperialista y depredadora librada para someter o destruir Irán en interés de los capitalistas estadounidenses e israelíes. Decimos de manera inequívoca: ¡Manos fuera de Irán! ¡Abajo el imperialismo!
«Disparan a las mujeres porque llevan el pelo descubierto. Disparan a los estudiantes. Simplemente le quitan el oxígeno a estas personas valientes y talentosas, al pueblo iraní. La decisión de actuar, de levantarse esta vez, es decisión del pueblo iraní». Estas fueron las palabras del primer ministro israelí Netanyahu en medio de la guerra de agresión de Israel contra Irán.
En el summum del cinismo hipócrita, utilizaba el lenguaje de los derechos humanos para justificar un llamamiento al derrocamiento del régimen iraní.
A la mayoría de la gente le repugnaría ese lenguaje procedente del jefe del régimen israelí, que actualmente está llevando a cabo una campaña genocida contra los palestinos en Gaza. Sin embargo, la cuestión de la posición de los comunistas revolucionarios en la llamada guerra de los 12 días merece ser considerada a la luz de los precedentes históricos.
En la década de 1930, Trotsky entabló una polémica sobre la postura que debían adoptar los revolucionarios en un conflicto militar que presenta muchos paralelismos con la guerra entre Israel e Irán. Creemos que sería útil retomar ese debate.
En 1935, la Italia fascista emprendió una campaña militar contra Abisinia (también conocida como Etiopía). El objetivo era claro: colonizar uno de los últimos Estados independientes que habían sobrevivido a la «lucha por África» del siglo XIX entre las principales potencias imperialistas.
Pero, como siempre ocurre con la intervención imperialista, la invasión se disfrazó con el lenguaje de los derechos humanos. Mussolini afirmó que la suya era una misión civilizadora, llevada a cabo bajo la bandera de la abolición de la esclavitud, al igual que Netanyahu, el carnicero de Gaza, afirma que está defendiendo los derechos de las mujeres en Irán. Por supuesto, en la práctica, el imperialismo italiano utilizó métodos bastante brutales para «civilizar» a los etíopes, incluyendo masacres brutales y el uso generalizado de gas mostaza.
El Imperio etíope estaba gobernado por el emperador Haile Selassie, un régimen que no podía describirse como democrático en modo alguno. Esto llevó a algunos miembros de la izquierda a argumentar que se trataba de un conflicto entre dos dictadores y que, por lo tanto, el movimiento obrero no debía tomar posición.
Esta era la postura de los líderes del Partido Laborista Independiente Británico, incluido James Maxton. En un artículo titulado «Sobre los dictadores y las alturas de Oslo», Trotsky rechazó esta postura moralista de «plaga sobre ambas casas»:
«Definen la guerra por la forma política del estado, considerada de manera superficial y puramente descriptiva, sin tener en cuenta las bases sociales de las «dictaduras»».
Trotsky insistió en que el criterio principal para determinar la posición del movimiento obrero en la guerra no era un análisis superficial de la forma política del Estado, sino más bien el contenido real de la lucha:
«Si un dictador se colocara a la cabeza de la próxima insurrección del pueblo hindú contra el yugo británico, ¿le negaría Maxton su apoyo? ¿Sí o no? Si no, ¿por qué le niega su apoyo al «dictador» etíope que intenta sacudirse el yugo italiano?».
Planteó la pregunta en términos concretos:
«El triunfo de Mussolini significaría el fortalecimiento del fascismo y del imperialismo y la desmoralización de los pueblos coloniales de Africa y del mundo. En cambio, la victoria del Negus significaría un golpe tremendo, no sólo para el imperialismo italiano, sino también para el imperialismo en su conjunto, y daría un poderoso ímpetu a las fuerzas rebeldes de los pueblos oprimidos. Se necesita ser ciego para no ver esto».
Como podemos ver, la postura de Trotsky estaba determinada por la comprensión de que, en el fondo, se trataba de una lucha entre un país imperialista capitalista (Italia), que quería someter a un país atrasado (Etiopía) a la dominación colonial directa. Había planteado lo mismo un año antes en una carta al Secretariado Internacional:
«Desde luego, somos partidarios de la derrota de Italia y de la victoria de Etiopía y, por consiguiente, debemos hacer todo cuanto esté a nuestro alcance por impedir que el imperialismo italiano reciba apoyo de las demás potencias imperialistas y, a la vez, facilitar en lo posible el envío de armamentos, etcétera, a Etiopía.
«Sin embargo, queremos subrayar que no se trata de una lucha contra el fascismo sino contra el imperialismo. Existiendo una guerra de por medio, para nosotros, no se trata de determinar quién es «mejor», si el Negus o Mussolini,[2] por el contrario, es un problema de las relaciones entre las clases y de la lucha por la independencia de una nación subdesarrollada frente al imperialismo» (énfasis nuestro).
Trotsky volvió a abordar la cuestión en 1940, en el contexto del debate en el Partido Socialista de los Trabajadores de Estados Unidos contra Max Shachtman. Trotsky argumentaba que la política de defensa de la Unión Soviética no tenía nada que ver con la solidaridad política ni con el apoyo a las acciones de la burocracia estalinista. El apoyo incondicional a la Unión Soviética y la defensa de la URSS contra la intervención imperialista se justificaban no sobre la base de su régimen político, sino sobre la base de que la Unión Soviética había abolido el capitalismo, es decir, sobre la base de las relaciones sociales representadas por los diferentes regímenes implicados.
«Apoyamos a Abisinia no porque el Negus fuera «moral» o políticamente superior a Mussolini, sino porque la defensa de un país atrasado contra la opresión colonial es un duro ataque al imperialismo, que es el principal enemigo de la clase trabajadora de todo el mundo». (Balance de los acontecimientos en Finlandia)
Hizo hincapié en este punto en sus notas fragmentarias sobre la URSS, que escribió ese mismo año:
«Cuando Italia atacó Etiopía [en 1935], yo estaba totalmente del lado de esta última, a pesar de que no sentía ninguna simpatía por el negus etíope. Lo importante era oponerse a la apropiación imperialista de este nuevo territorio. Del mismo modo, ahora me opongo decididamente al bando imperialista y apoyo la independencia de la URSS, a pesar del negus del Kremlin».
Hubo otra ocasión en la que Trotsky abordó una cuestión similar. En una discusión con el líder sindical argentino Mateo Fossa, se opuso a la política estalinista de «democracia contra fascismo». En América Latina, eso significaba, en la práctica, que los partidos comunistas se alineaban con los gobernantes y los partidos que apoyaban el imperialismo estadounidense, independientemente de su carácter democrático o no. Esta política llevó, por ejemplo, al Partido Comunista Cubano a unirse al gobierno de Fulgencio Batista en 1942 con dos ministros.
Esto es lo que dijo Trotsky:
«Tomemos el ejemplo más simple y obvio. En Brasil reina actualmente un régimen semifascista al que cualquier revolucionario sólo puede considerar con odio. Supongamos, empero, que el día de mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicará la clase obrera en este conflicto?
«En este caso, yo personalmente estaría junto al Brasil “fascista” contra la “democrática!” Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque no se trataría de un conflicto entre la democracia y el fascismo. Si Inglaterra ganara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría al Brasil con dobles cadenas. Si por el contrario saliera triunfante Brasil, la conciencia nacional y democrática de este país cobraría un poderoso impulso que llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas.
«Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un buen golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés. Realmente, hay que ser muy cabeza hueca para reducir los antagonismos y conflictos militares mundiales a la lucha entre fascismo y democracia. ¡ Hay que saber descubrir a todos los explotadores, esclavistas y ladrones bajo las máscaras con que se ocultan!» (La lucha antiimperialista es clave para la liberación).
Por supuesto, cualquier paralelismo histórico tiene sus límites, pero creemos que el método que Trotsky aplicó a estos casos es correcto y puede aplicarse a la guerra entre Israel e Irán.
Israel es una potencia capitalista con ambiciones agresivas en toda la región. Detrás de él se encuentra la potencia imperialista más poderosa de la Tierra, Estados Unidos, y todas las potencias imperialistas europeas. Su guerra contra Irán es una guerra de agresión imperialista. Este es el carácter fundamental del conflicto, independientemente de la naturaleza del régimen político en Israel e Irán.
Los comunistas revolucionarios estamos totalmente del lado de Irán, aunque no simpatizamos con el régimen político de los ayatolás, que es un régimen reaccionario y antiobrero. Por eso nuestras consignas en esta guerra han sido: «¡Manos fuera de Irán! ¡Abajo el imperialismo estadounidense-israelí!».