Para la mayoría de los seguidores de Lula, el resultado de las urnas del domingo pasado fue una amarga sorpresa. Nosotros, que hicimos campaña a favor de un voto crítico para Lula en la primera vuelta, ya veníamos advirtiendo desde hace mucho tiempo que la política del gobierno de Lula fortalecía a la oposición bolsonarista y era la receta perfecta para la derrota electoral en 2026.

Al fin y al cabo, Lula mantuvo un «techo de gastos» que sirve para recortar en lo social a cambio de generar un superávit fiscal, llenando los bolsillos de los rentistas parásitos. Mientras tanto, siguieron las privatizaciones, los precios de los alimentos siguieron subiendo y las familias se endeudaron aún más. La escala 6×1 [6 días de trabajo, uno de descanso] no se eliminó y los trabajadores informales se agotan en jornadas laborales aún más inhumanas. A pesar de la retórica de Lula en defensa de la soberanía nacional, siempre que pudo buscó llegar a un acuerdo con Trump. Se negó a crear la empresa estatal minera Terrabras y aprobó la Ley de Minerales Críticos, que permite la explotación de tierras raras brasileñas por parte de empresas extranjeras. Y eso por mencionar solo unos pocos ejemplos.

Pero no basta con decir «se lo advertimos». Hay que analizar y entender la nueva situación que se abre con la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta para decidir mejor qué hacer hasta la segunda vuelta y después. Al fin y al cabo, si es cierto que una posible victoria de Flávio Bolsonaro será responsabilidad del gobierno de Lula, también es cierto que será una derrota para toda la clase trabajadora. Y será la clase trabajadora la que pague el precio más alto.

Escuchar a las urnas

Las urnas de la primera vuelta nos dicen muchas cosas. Algunas son más fáciles de captar. Como si las gritaran. Otros mensajes, en cambio, son casi un susurro y hay que prestar más atención para escucharlos y entenderlos.

El mensaje más claro es el que te deja ensordecido al decirte que Flávio Bolsonaro terminó con casi 3 millones de votos por delante de Lula. Sin embargo, hay que sacar más conclusiones de este mensaje. Lula recibió ahora 3.5 millones de votos menos que en la primera vuelta de 2022. Por otro lado, Flávio tuvo 5 millones de votos más que su papá en esa primera vuelta de 2022. ¿Qué significa esto?

El gobierno de Lula fue reprobado. A pesar de que el número de votantes en Brasil aumentó en más de 2.2 millones entre 2022 y 2026, cerca de 3.5 millones de personas que apoyaron a Lula contra Jair Bolsonaro en 2022 decidieron ahora no apoyar a Lula, justo después de haber vivido cuatro años bajo su gobierno.

Y el aumento de 5 millones de votos para Flávio en comparación con Jair no se puede atribuir a los méritos del hijo de Bolsonaro. Al contrario, podemos decir que Flávio se esforzó mucho por ser el peor candidato posible. Incluso hubo una crisis en la cúpula del bolsonarismo a mitad de la precampaña en la que se consideró sustituir al candidato. Por lo tanto, este aumento de votos para el clan Bolsonaro de 2022 a 2026 también debe interpretarse, en gran parte, como una muestra de rechazo al gobierno de Lula.

Hace cuatro años, Jair Bolsonaro tuvo una ventaja de 7 puntos porcentuales sobre Lula en la primera vuelta en São Paulo, el estado más poblado del país. ¡Ahora, la ventaja de Flávio sobre Lula en São Paulo fue de 14 puntos porcentuales! El doble de la diferencia que su papá logró en 2022.

El resultado de las urnas también nos dice que hubo un cambio importante en el panorama de Minas Gerais. Este estado, que es el segundo colegio electoral más grande de Brasil, se considera un termómetro nacional de las elecciones. Históricamente, quien gana la elección presidencial en Minas termina ganando a nivel nacional. En 2022, Lula tuvo 5 puntos de ventaja sobre Jair Bolsonaro en Minas en la primera vuelta. Ahora fue Flávio quien tuvo 5 puntos de ventaja sobre Lula en el estado de Minas.

Pero no fue solo en los estados más poblados donde Lula perdió votos. En todos los estados del Noreste, por ejemplo, Lula obtuvo menos votos que en 2022, aunque aún mantuvo una buena ventaja en la región que ha sido su bastión.

Todo esto corrobora la interpretación de que el gobierno de Lula fue reprobado y castigado por las masas que salieron a votar el domingo pasado.

Otro mensaje que gritaron las urnas fue sin duda la rotunda victoria de la «extrema derecha» en el Senado, donde el PL (el partido de Bolsonaro) acumuló por sí solo más de un tercio de los escaños (28 de los 81). Junto con otros partidos burgueses, el partido de Bolsonaro tendrá la posibilidad de conseguir dos tercios del Senado, lo que les permitirá aprobar cambios en la Constitución, destituir a jueces de la Corte Suprema, etc.

Los nuevos récords de votos para diputado federal, Nicolás Ferreira en Minas Gerais y Lucas Pavanato en São Paulo, con más de 3 millones de votos cada uno, y la nueva bancada del PL con más de 120 diputados federales también suenan como un mensaje ensordecedor de las urnas de que los grandes ganadores de estas elecciones fueron los bolsonaristas. Eso sin mencionar la elección de varios familiares de Bolsonaro por todo el país.

Sin embargo, hay mensajes de las urnas que pueden ser menos evidentes al principio, pero que no por eso son menos importantes, ya que son más indicativos del potencial de lo que está por venir que de un retrato de la sociedad actual.

Uno de esos mensajes es lo que podemos percibir al ver los resultados extremadamente significativos de las candidaturas de la llamada «Bancada de la Izquierda Radical» para el Congreso Nacional.

Empezando por Jones Manoel, quien, presentándose abiertamente como comunista y defendiendo una «revolución brasileña», fue elegido diputado federal con más de 249 mil votos, siendo el segundo candidato más votado en el estado de Pernambuco, quedando solo un poco detrás de la principal candidatura burguesa del estado.

En São Paulo, otra candidata de la Bancada de la Izquierda Radical, Sâmia Bomfim, fue reelegida diputada federal con más de 580 mil votos, siendo la tercera más votada del estado y la cuarta más votada de todo Brasil. En Río de Janeiro, el diputado federal Glauber Braga fue reelegido con más de 86 mil votos, a pesar de haber hecho una campaña independiente, con pocos recursos y muy atacada. En Río Grande del Sur, la diputada federal Fernanda Melchionna fue reelegida con más de 280 mil votos, siendo la segunda más votada del estado.

Fábio Felix fue elegido diputado federal con la mayor cantidad de votos del Distrito Federal, más de 224 mil votos, casi el doble que el segundo candidato. Y en Paraná, Renato Freitas, que ya era diputado estatal, ahora fue elegido diputado federal con más de 115 mil votos, convirtiéndose en el primer diputado federal negro en ser elegido por el estado de Paraná en la historia.

La elección de estos seis miembros de la Bancada de la Izquierda Radical al Parlamento, junto con los votos de varios otros candidatos que al final no lograron ser elegidos, suman casi 2 millones de votos para las candidaturas de la Bancada de la Izquierda Radical en todo Brasil.

Este es un excelente punto de partida para una iniciativa que pone sobre la mesa el tema de la revolución brasileña y tiene potencial para convertirse en una nueva referencia política a la izquierda de las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora. La Bancada criticó duramente las políticas económicas del gobierno de Lula, pero sin ese sectarismo estéril que lleva a los pequeños partidos de izquierda radical al aislamiento dentro de su propia clase. Sin embargo, para avanzar en este sentido, la Bancada de la Izquierda Radical necesita superar algunas contradicciones que señalamos en nuestro declaración de apoyo crítico (mira la declaración aquí).

Otro mensaje de las urnas que pasó casi desapercibido es que, a pesar de que Lula perdió frente a Flávio Bolsonaro en la carrera por la presidencia, los partidos de la clase trabajadora mantuvieron sus escaños en el Senado e incluso crecieron un poco en la Cámara de Diputados.

Por un lado, esto muestra que el rechazo al gobierno de Lula todavía tiene un importante componente de conciencia de clase. Es decir, una parte de la clase trabajadora rechaza el gobierno de conciliación con la burguesía, pero sigue apoyando, al menos en las urnas, a los candidatos de los partidos de la clase trabajadora, aunque muchas veces renueve a sus representantes. El PT, por ejemplo, tuvo varios candidatos jóvenes que se presentaban por primera vez y resultaron elegidos, mientras que algunos diputados veteranos del PT no fueron reelegidos. Por otro lado, este fenómeno muestra que el crecimiento del PL en el Senado y en la Cámara no se da a costa de los partidos de izquierda, sino de los partidos de la derecha más tradicional (algunos del llamado “centrão”) O sea, se trata de la profundización de una reconfiguración de la representación de la burguesía en el parlamento y en las esferas de poder que ya se había iniciado en 2018, con la elección de Bolsonaro padre.

Obsérvese que, apenas dos días después de los resultados de la primera vuelta, una serie de partidos políticos que antes se oponían al extremismo bolsonarista e incluso jueces del Tribunal Supremo Federal (STF) como Alexandre de Moraes ya empiezan a moverse para apoyar un probable futuro gobierno de Flávio Bolsonaro.

Esta reconfiguración de la casta de representantes políticos de la burguesía brasileña va claramente de la mano con la reconfiguración de sus amos estadounidenses. Aquellos que antes se subordinaban al ala «Demócrata» del imperialismo estadounidense ahora dan paso al grupo que se subordina al ala trumpista. Pero, como Trump se enfrenta a una derrota inminente en las elecciones legislativas de noviembre, esta reconfiguración tiende a ser efímera aquí en Brasil. Aunque a los lacayos del imperialismo nunca les ha costado mucho dar giros bruscos para obedecer los dictados del amo de turno en Washington.

Y otro mensaje sutil de las urnas, pero no menos importante, fue la derrota de Flávio Bolsonaro en ciudades importantes, como São Paulo (4,5 % por detrás de Lula). Los centros económicos más poblados suelen ser un indicador del desarrollo político futuro, aunque las elecciones burguesas expresen de manera distorsionada la correlación de fuerzas entre las clases sociales. Parte de esa distorsión, en este caso concreto de las elecciones brasileñas, se debe a que la clase trabajadora carece de una representación política adecuada a sus verdaderos intereses históricos. La derrota de Flávio Bolsonaro en ciudades como São Paulo indica que un posible gobierno bolsonarista ya empezará con una fuerte oposición en importantes centros políticos del país.

De cierta manera, esto ya se ha venido manifestando desde justo después de la primera vuelta, a través de una serie de manifestaciones espontáneas en las calles, sobre todo de la juventud, pero no solo de ella, además de la formación espontánea de miles de grupos en las redes sociales, universidades y barrios que buscan organizar iniciativas para luchar por la derrota de Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta.

Un sentido de urgencia recorre toda una amplia vanguardia de la clase trabajadora y la juventud, que busca organizarse y actuar para evitar la derrota electoral frente a la clase enemiga en la segunda vuelta. Y tal vez lo más interesante de este fenómeno sea que este movimiento no está pasando por las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora, y mucho menos por el PT.

La crisis de la República burguesa y su efecto colateral

Muchos se están haciendo las siguientes preguntas: ¿Cómo es posible que el escándalo del Banco Master y la crisis de la Corte Suprema no hayan afectado el desempeño de Flávio Bolsonaro en las urnas, sino que, por el contrario, lo hayan fortalecido? Y aun después de que se revelaran sus mensajes con Daniel Vorcaro, a raíz de la investigación de la Policía Federal, ¿por qué logró superar los votos de Lula, quien no estuvo directamente involucrado en el escándalo? ¿Cómo entender lo que está pasando?

Esta aparente paradoja exige un análisis dialéctico; de lo contrario, no se entiende nada de lo que está pasando. Para analizar este fenómeno, primero tenemos que entender en qué época política vivimos en Brasil.

Vivimos la época del colapso de la República fundada en 1988. Si no entendemos esto bien, todo puede parecer sin sentido. Y es por no tenerlo claro que muchos que apoyan a Lula lo hacen de una forma que acaba favoreciendo al bolsonarismo. Vamos a explicarlo.

A principios de la década de 1980, la dictadura militar ya no podía mantenerse en el poder. Había un enorme cuestionamiento popular. Las grandes huelgas obreras de finales de los 70 y principios de los 80 fueron el punto de inflexión. Una efervescencia enorme recorría toda la sociedad, lo que desembocó en el movimiento por las «Elecciones directas ya», con millones en las calles por todo el país. Aunque fue derrotado, este movimiento llevó a un acuerdo desde arriba, una transición pactada entre los sectores «democráticos» de la burguesía y el régimen militar. Pero todo esto se desarrollaba bajo una fuerte presión social, con un agudizamiento de la lucha de clases (la creación del PT y de la CUT como organismos políticos independientes de la clase trabajadora, varias huelgas generales, la creación del MST, etc.).

Así que la Asamblea Constituyente, que formuló el pacto federativo que dio origen a la nueva República Democrática burguesa brasileña, se vio obligada a hacer algunas concesiones. Los partidos de la clase trabajadora eran entonces muy minoritarios (16 del PT, 5 del PCdoB y 3 del PCB de un total de 559 parlamentarios constituyentes). Pero la presión de la clase trabajadora organizada logró imponerle a toda la Asamblea Constituyente derechos importantes, como la reducción de la jornada laboral de 48 a 44 horas semanales, la decimotercera paga, vacaciones anuales pagadas de 30 días con al menos un tercio más del salario mensual, licencia por maternidad, seguro de desempleo, derecho a la huelga, etc. —por mencionar solo algunos ejemplos.

Aun así, el PT consideró que la versión final de la Constitución que se había redactado era, en su conjunto, reaccionaria y votó en contra de su aprobación. Pero aceptó firmar la versión final una vez aprobada.

Así nació formalmente la nueva república burguesa en 1988. Pero más allá del documento firmado formalmente, había un pacto tácito implícito en la formación de esta nueva república. Un pacto político y social que se hizo entre los sectores «democráticos» de la burguesía, la cúpula del régimen militar que había gobernado el país durante la dictadura y la dirección de la clase trabajadora. Este pacto establecía que se respetaría esta Constitución. Que las disputas se llevarían a cabo dentro de los límites definidos por las nuevas reglas.

A lo largo de los años, ese pacto se vio sacudido algunas veces. Cada vez que los trabajadores tuvieron el poder al alcance de la mano, la burguesía brasileña amenazó con romper el pacto y recurrir a lo que fuera necesario para impedir que los trabajadores llegaran al poder. Así pasó en las elecciones de 1989. Así pasó después de la destitución de Collor, por ejemplo. Pero la dirección del PT, bajo el mando de Lula, siempre buscó mostrarse lo más conciliadora posible ante esas situaciones, tratando de calmar a la burguesía en pánico y evitar el enfrentamiento directo entre las clases.

Cuando finalmente Lula fue elegido presidente por primera vez en 2002, se encargó de jurar total lealtad al orden capitalista a través de su «Carta a los brasileños». Aun así, la burguesía intentó sacarlo del poder, primero con el proceso del llamado «Mensalão» en 2005/2006. Después, varias veces por vía electoral. Todo ello a pesar de que Lula buscara ampliar sus alianzas con sectores cada vez más amplios de la burguesía.

La burguesía brasileña en su conjunto y sus amos imperialistas toleraron al PT en el poder mientras este fue capaz de demostrar ser eficaz en contener las luchas populares.

Después de junio de 2013, la burguesía se dio cuenta de que era hora de romper el pacto de una vez por todas. Y ese fue el principio del fin de la nueva República.

Las Jornadas de junio de 2013, con millones en las calles contra la represión policial y contra el aumento de las tarifas de autobús, llevaron a la burguesía nacional al pánico. A la clase burguesa le aterroriza ver al pueblo en las calles. Al darse cuenta de que el PT no podía controlar el movimiento de masas, decidieron que era hora de sacarlo del poder.

Unos meses después, lanzaron la operación Lava Jato con el objetivo de criminalizar a Lula. Esperaban derrotar a Dilma en las urnas en 2014. El candidato de la burguesía, Aécio Neves (PSDB), después de ser derrotado en una segunda vuelta muy reñida, declaró que no reconocía el resultado de las urnas. Poco después comenzaron las maniobras para el juicio político contra Dilma.

En este juego político hubo otro factor importante: los intereses del imperialismo estadounidense. Las relaciones comerciales de Brasil con China venían creciendo rápidamente y los gobiernos de Lula y Dilma buscaban conciliar los intereses de las distintas potencias imperialistas.

Con el juicio político a Dilma, el gobierno de Temer tomó medidas muy claras que favorecían directamente a EE. UU. en detrimento de China como ya hemos analizado en otros textos.

Pero no todo salió como lo había planeado la burguesía brasileña. De la crisis de la república burguesa surgió un efecto colateral, totalmente fuera de los planes y del control de los políticos burgueses: el bolsonarismo de masas.

Un descontento que había surgido en junio de 2013 no encontraba una vía para expresarse en la izquierda, ya que el PT se desgastaba tratando de sostener la vieja república como jefe de gobierno y luego fue destituido públicamente con el juicio político a Dilma (2016) y el encarcelamiento de Lula (2018).

La masa de descontentos encontró una salida en el discurso demagógico de una figura fortuita que predicaba «cambiarlo todo». Un legislador de «bajo rango» con un discurso descortés, que era objeto de bromas en los programas de humor, de repente empezó a ser tomado en serio por un sector cada vez más grande de indignados.

El bolsonarismo de masas es un subproducto de la crisis de la República burguesa. Un subproducto que solo pudo desarrollarse bajo condiciones muy específicas en las que el camino para el desarrollo de una corriente de izquierda de masas estaba bloqueado precisamente por el papel que desempeñaba el PT y su desgaste en la sociedad.

Así, la crisis de la república burguesa no dio lugar a una propuesta alternativa de izquierda, a una propuesta de «república socialista», sino a una alternativa reaccionaria, bajo el liderazgo de un demagogo de extrema derecha.

Cuando la burguesía intenta eliminar ese efecto colateral que es el bolsonarismo de masas para recuperar el control de la sociedad, se ve obligada a intentar reeditar el pacto social que había roto con el PT. Al fin y al cabo, los intentos de lidiar sola con el bolsonarismo habían fracasado. Todos los candidatos burgueses se desvanecieron ante las hordas de votantes bolsonaristas. El PT, incluso con Lula en la cárcel, fue el único que pudo hacerle frente a Bolsonaro en 2018 con esa candidatura insulsa de Haddad. Solo la clase trabajadora, aunque con su instrumento político desgastado y degenerado, podía enfrentarse al monstruo que se había despertado.

Por eso, en 2019 tomaron la decisión política de anular los procesos de Lava Jato y liberar a Lula. Y así, con Lula a la cabeza y Alckmin como vice (Alckmin, quien en su momento había sido el representante preferido de la burguesía nacional contra Lula), lograron derrotar a Bolsonaro en 2022. A continuación, la Corte Suprema de Justicia (STF) envía a Bolsonaro a la cárcel.

¿Efecto colateral controlado? ¡No! Esta república burguesa está condenada. Las bases materiales que permitieron la formación de esta república en 1988 ya no existen. Por más que se vuelva a hacer el pacto que hizo posible esa farsa, hoy ya no tiene el mismo efecto. La razón principal es que la mayoría de la clase trabajadora ya no reconoce al PT como su liderazgo.

Ahora, el PT se presenta como un partido que respalda el orden burgués junto con sectores tradicionales de la burguesía, y no como el partido de la clase oprimida que lucha contra la clase dominante.

Gran parte de las masas trabajadoras ve al PT como un partido del sistema. Y a los demagogos de extrema derecha, como Bolsonaro, Nicolás Ferreira, Pavanato y Tarcísio, los ven como «antisistema».

Hoy, una parte importante de la clase trabajadora no solo ya no ve al PT como su representación política, sino que se identifica abiertamente como «anti-PT».

Por eso, cuando se agrava la crisis de la república burguesa con la reciente crisis del STF a raíz de que sus ministros se vieron envueltos en el caso del Banco Master, aunque Flávio Bolsonaro aparezca como parte directa del asunto, se le ve como el que quiere cerrar el STF con un soldado y un cabo. Se le ve como el que está «en contra del sistema». Aunque eso sea pura demagogia. Mientras que a Lula lo ven como el que defiende al STF y, por lo tanto, al sistema.

Cuantos más escándalos de corrupción salgan a la luz y hundan a toda la república burguesa en el lodo, más desgastado quedará Lula y más se beneficiarán los líderes bolsonaristas. Ellos «nacieron» de la crisis de la república y se alimentan de ella.

Como ya dijimos, se necesita un análisis dialéctico para entender lo que está pasando.

El diputado de Minas Gerais, Janones, creó un canal de WhatsApp llamado «Ejército de Lula» que, en menos de tres días, llegó a los dos millones de seguidores. Parece una fuerza formidable, pero la estrategia de Janones es seguir pregonando cada vez más los casos de corrupción que solo revelan aún más la podredumbre de la república. Él cree que así podrá golpear a los bolsonaristas. Pero el efecto es justo el contrario. No entendió nada. Solo le da más fuerza a Flávio Bolsonaro en contra de Lula.

Millones de personas solo ven esta salida ante otra noticia más de corrupción que involucra a los poderes de la república: «vamos a elegir ya a Flávio Bolsonaro y él nombrará a cuatro nuevos ministros del STF, destituirá a otros y cambiará todo esto». Al fin y al cabo, ¿qué alternativa ofrece Janones? ¿La abstracta «reforma del poder judicial» en la que nadie cree que pueda cambiar algo? No va a ganar ni un voto con eso.

¿Cómo derrotar al bolsonarismo en las urnas y en toda la sociedad?

Quedó claro que, para millones de brasileños, lo que está en juego es cambiar radicalmente el sistema. El problema es que una gran parte de los que están convencidos de esto creen que la única forma de promover un cambio radical es bajo el liderazgo de Bolsonaro.

Esto quedó claro en una encuesta realizada por el ICL a finales del año pasado, que señaló que el 49 % de quienes votaron por Bolsonaro en 2022 estaban a favor de un cambio radical en la sociedad, mientras que el 16 % de quienes votaron por Lula también lo estaban.

Muchos de los que quieren ese cambio radical no apoyan necesariamente las ideas de Bolsonaro. Solo quieren apoyar a quienes ellos creen que realmente están «en contra del sistema».

En un artículo publicado por UOL al día siguiente de las elecciones (05/10/2026), se informó que Lula les habría dicho a sus aliados que estaba «cargando sobre sus espaldas la promiscuidad de la Corte Suprema», y que su campaña se habría equivocado al no dejar claro que él es el único «candidato antisistema».

Son constataciones un poco tardías. Y aun así, no bastaría con constatarlo. Habría sido necesario, de hecho, comportarse como un presidente antisistema para que la gente lo creyera. Si Lula hubiera revocado el nuevo techo de gastos y se hubiera enfrentado al parlamento para ampliar el presupuesto para las áreas sociales, por ejemplo, probablemente la percepción popular sobre él sería muy diferente.

Quizás si hubiera decretado la creación de la empresa estatal Terrabras y realmente se hubiera enfrentado a los intereses de Trump sobre las tierras raras brasileñas, hoy millones lo verían como un verdadero pilar para defender la soberanía nacional.

O si Lula se hubiera puesto a luchar por la abolición de la escala 6×1 desde 2024, cuando el movimiento estalló en las calles, y no hubiera esperado a hablar de eso solo durante la campaña electoral, tal vez las grandes masas lo verían como un verdadero aliado antisistema.

Su decisión de defender el sistema y aplicar la política de la burguesía nos ha llevado a esta lamentable situación de ver a una figura tan detestable como Flávio Bolsonaro posar como un gran líder «antisistema». Aunque sabemos toda la demagogia que hay detrás de eso, es una situación espantosa.

Pero, en fin, ¿qué hacer? ¿Se puede derrotar a Flávio Bolsonaro?

Sabemos que es necesario. No porque haya que darle continuidad al proyecto de gobierno de Lula, que fue precisamente lo que nos trajo hasta aquí, como quedó claro. Sino porque el proyecto político de colaboración de clases que representa Lula solo puede ser derrotado por la clase trabajadora para ser reemplazado por algo mejor. Si Lula es derrotado por una expresión de la burguesía, la clase trabajadora sale derrotada y eso no ayuda en nada a su lucha.

Con la victoria electoral de Flávio Bolsonaro, estaremos en una situación peor para luchar en defensa de nuestros derechos y para transformar toda la sociedad en una sociedad socialista.

Mientras escribo este artículo, me enteré de que Jones Manoel se dirige a Brasilia para reunirse con Lula. El periodista Mauro Lopes anuncia que Jones le propondrá a Lula adoptar una propuesta de 4 puntos:

  • Tarifa cero y expansión de los sistemas de metro y trenes urbanos
  • Fin de la escala 6×1 y de la tercerización.
  • Reindustrialización del país con la creación masiva de empleos calificados.
  • Fin del Marco Fiscal (“techo de gastos”).

Son buenas propuestas. Pero, ¿lograría Lula convencer a mucha gente prometiendo esto ahora, después de 12 años como presidente en los que no hizo nada de eso? Eso, si Lula aceptara las propuestas de Jones, lo cual no creemos que sea factible. No concuerda con la trayectoria de Lula.

Quienes hoy plantean la posibilidad de que Lula gire hacia la izquierda se crean ilusiones en él. Ese no es nuestro papel ahora. No debemos alimentar ilusiones de que Lula vaya a empezar ahora, o en el próximo mandato, a gobernar a favor de los trabajadores y en contra de los intereses del capital.

Pero entonces, ¿cómo sería posible luchar por la victoria de Lula sin generar ilusiones en su política? Y, de todos modos, ¿se puede dar un vuelco en esta elección?

Debemos reconocer que no es tarea fácil. Desde la fundación de la actual república, en 1988, nunca ha habido un cambio de tendencia entre la primera y la segunda ronda de las elecciones presidenciales. Pero eso no quiere decir que no pueda haber una primera vez.

Sin embargo, con el nivel actual de polarización social, es muy poco probable que alguien que votó por Flávio en la primera vuelta cambie su voto. Los que votaron por los otros candidatos burgueses menos conocidos (Augusto Cury, Renan Santos, Caiado, Zema) tienden a votar mayoritariamente por Flávio Bolsonaro, lo que indica que la ventaja sobre Lula aumentaría.

Entonces, lo que queda es tratar de convencer a quienes no fueron a votar en la primera vuelta para que vayan a votar esta vez. Son más de 39 millones de votantes que no quisieron votar por ningún candidato en la primera vuelta. La mayoría de ellos, probablemente, no quiere votar ni por Lula ni por Flávio Bolsonaro.

La campaña oficial de Lula intenta convencer a estas personas de que el gobierno de Lula tiene los mejores índices, que logró baja inflación, bajo nivel de desempleo, etc. Pero estas cifras no convencen cuando la gente siente en su día a día que se ha encarecido llenar el carrito en el supermercado y que están más endeudados que antes.

La mejor manera de convencer a estas personas de que vayan a votar para derrotar a Flávio Bolsonaro es precisamente con nuestra línea de voto crítico a Lula para frenar el regreso del bolsonarismo.

No debemos tratar de convencer a nadie de que el gobierno de Lula es una maravilla, porque eso es falso. Debemos explicar que el gobierno de Lula no resuelve los problemas de la clase trabajadora, pero que una derrota de Lula frente a Flávio Bolsonaro nos traerá problemas aún mayores. Hay que explicar que derrotar al bolsonarismo en las urnas ahora es un paso importante para seguir nuestra lucha después en condiciones menos desfavorables.

Sería genial que todos nuestros problemas se pudieran resolver con solo presionar un botón verde en una urna electrónica, como por arte de magia. No vamos a convencer a nadie con ese cuento de hadas. Las elecciones burguesas no resolverán todos nuestros problemas. Pero debemos tener claro que librar las luchas que necesitamos librar para cambiar la sociedad bajo el gobierno de Lula no es lo mismo que librarlas bajo el gobierno de Bolsonaro. La diferencia es bastante significativa.

Debemos convencer a la gente de que se ponga en movimiento para cambiar toda la sociedad. Por eso, nuestra lucha es mucho más difícil, pero es legítima, más noble y más posible. Debemos convencer a la gente de que vote de manera crítica por Lula y nos ayude a construir el instrumento necesario para la lucha que seguirá después de las elecciones.

El surgimiento de la Bancada de la Izquierda Radical presenta un potencial de desarrollo que ya llena de esperanza a millones de jóvenes y trabajadores en todo Brasil, quienes empiezan a hablar a diario sobre el comunismo y la revolución.

Pero, sin una organización capaz de analizar los avances en su movimiento y de arraigarse en la clase trabajadora y en la juventud, no podremos llevar un proceso revolucionario a la victoria. Está en nuestras manos construir hoy el partido que podrá desempeñar este papel mañana. Por eso invitamos a todos a organizarse junto a la Internacional Comunista Revolucionaria.

¡Únete a un Comité por un Brasil Comunista en tu ciudad! Participa en nuestra sesión plenaria «¡Derrota al bolsonarismo!», el sábado a las 15:00, con transmisión en línea a varios lugares del país.