«En la ciencia no hay calzadas reales y sólo llegarán a sus cimas luminosas quienes no escatimen esfuerzos para escalar sus senderos escarpados». —Karl Marx, Prefacio a la edición francesa de El capital.

[Publicamos aquí el editorial del número 45 de la revista «América Socialista – En defensa del marxismo», la publicación teórica trimestral de la Internacional Comunista Revolucionaria. ¡Ya está disponible!] 


Mientras preparábamos este número, un camarada planteó una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué hace que el marxismo sea científico? Es posible que el lector familiarizado con la literatura marxista ya tenga la respuesta en mente. Pero, como señaló Hegel: lo que es familiar y de conocimiento general, precisamente por ser de conocimiento general, no se conoce realmente. 

¿Qué queremos decir con esto? Si queremos comprender algo en profundidad, no podemos anticipar una respuesta; tampoco podemos dar por sentado que nuestro método sea sólido.

Debemos proceder de forma sistemática a investigar nuestro tema por sí mismo y, al hacerlo, mostrar cómo se desarrolla necesariamente. Ese es el método científico del marxismo. Y ese es el camino que tomaremos. Comencemos.

La afirmación

Para responder a nuestra pregunta, partiremos de la forma más sencilla e inmediata de respuesta. Pide a cualquier marxista que elabore una lista de razones por las que el marxismo es científico. Lo que se le ocurriría sería, muy probablemente, algo así:

  • Objetividad: existe un solo mundo, el mundo material, que existe independientemente de los seres humanos. Los seres humanos son productos de la naturaleza y nuestras ideas son, en última instancia, un reflejo del mundo material. 
  • Leyes: Este mundo material, incluida la sociedad humana, se rige por leyes y, al interactuar con él, podemos descubrir dichas leyes.
  • Práctica: Al comprender las leyes de la sociedad y la naturaleza, podemos cambiar el mundo según nuestros propósitos. En última instancia, es también esta práctica la que constituye la prueba de nuestras ideas.

Estos son los principios científicos fundamentales del marxismo. Y se aplicarían no sólo al marxismo, sino a cualquier ciencia seria. Y, como tales, son absolutamente correctos.

Pero debemos detenernos aquí un momento. ¿Podemos realmente conformarnos con esta respuesta? ¿Qué nos dice en realidad y sobre qué fundamentos se justifica? 

Una afirmación, sin una explicación, no explica nada. Esta afirmación es tan obvia que parecería absurdo decirla. Y, sin embargo, no es raro oír a marxistas, con toda la intención de defender el marxismo, pronunciar una serie de afirmaciones generales y consignas que son absolutamente ciertas y que, sin embargo, no explican absolutamente nada.

La mera afirmación de ser científico, junto con una lista de razones, es una información importante, pero desde luego no es una prueba. ¿Por qué esta lista y no otra? ¿De dónde surge y cómo se utiliza? Si queremos entender por qué el marxismo es científico, nuestra lista debe demostrarse y explicarse, no solo afirmarse y proclamarse.

El método

Por supuesto, el marxismo es más que una simple afirmación o una lista arbitraria de principios. Es, ante todo, un método. Y el método es esencial para la ciencia. El marxismo representa la aplicación más coherente y consciente de los principios científicos que hemos explicado anteriormente. Es esto lo que confiere a nuestra doctrina su ventaja sin igual.

Veamos un ejemplo de por qué el método es importante. En lo que hoy en día se considera ciencias sociales y políticas, no es raro oír hablar de lo que «debería» ser. Cómo debería ser el mundo. El hambre no debería existir, y los capitalistas deberían anteponer los intereses de la humanidad a los suyos propios. Pocas personas estarían en desacuerdo con estas afirmaciones. 

Las organizaciones benéficas contra la pobreza abogan sin cesar por que la clase dominante redistribuya los excedentes agrícolas porque, como señalan acertadamente, el mundo produce alimentos suficientes para diez mil millones de personas. Sin embargo, este valiente deseo choca de inmediato contra el muro de la realidad: bajo el capitalismo, los alimentos se producen como mercancía con fines de lucro, no para alimentar a los seres humanos. Si una población hambrienta no puede pagar, las leyes del mercado dictan que los excedentes alimentarios se destruyan para proteger los precios, en lugar de regalarlos.

A pesar de todas las explicaciones morales bienintencionadas sobre lo que «debería» ser, poco de ello se materializa realmente. La campaña por lo que «debería» ser se convierte en una campaña para sembrar ilusiones sobre la posibilidad de reformar el sistema capitalista, transformándose así en su contrario: de una idea que lucha contra el hambre y la indigencia generalizadas a una idea que perpetúa el mismo sistema que las causa. 

El «debería» se basa en los deseos subjetivos de los individuos más que en el mundo objetivo; ignora las leyes por las que se rige ese mundo; y, por lo tanto, en la práctica frustra su propio propósito. En otras palabras, fracasa en los tres puntos de nuestra lista.

«La doctrina marxista es omnipotente porque es verdadera», escribió Lenin. La fuerza de esta afirmación radica en el hecho de que el marxismo no se basa en lo que debería suceder, sino en lo que está sucediendo y por qué. Solo comprendiendo los fenómenos de forma objetiva —tal y como son, independientemente de nuestros deseos— y captando las leyes y dinámicas que los provocan, podremos cambiarlos.

Contar con un método de investigación consciente reviste la máxima importancia, porque si buscas en el lugar equivocado, encontrarás la respuesta equivocada. 

No obstante, un método expuesto en abstracto no es más que una intención y una promesa. Una persona seria estaría en su derecho de preguntarse de dónde proviene, qué puede producir y cómo. Afirmar que los principios científicos del marxismo constituyen nuestro método es una respuesta más profunda que limitarse a hacer una mera afirmación al respecto, pero aún no es una prueba.

El resultado

Llegados a este punto, un lector perspicaz objetaría que nuestro método —basado en los principios de objetividad, regularidad y práctica— no es solo un conjunto arbitrario de ideas. Es, en sí mismo, el resultado de un largo proceso de investigación científica sobre la naturaleza y la sociedad humana.

Marx y Engels no consideraban sus ideas como una ruptura con todo lo anterior, surgidas de la nada, sino como una continuación de los logros de generaciones anteriores, tal y como se explica en el artículo de Josh Holroyd y Jérôme Metellus «Cómo Marx se convirtió en marxista», incluido en este número. 

El propio método científico se derivó a lo largo de cientos de miles de años de ensayo y error, desde la experiencia práctica de las primeras sociedades hasta el trabajo sistemático de innumerables escuelas de pensamiento, cada una de las cuales se basaba en la anterior. Es a través de este proceso como hombres y mujeres llegaron a la idea de que el mundo existe independientemente de ellos, que tiene su propia legalidad y que, al comprender estas leyes, podemos utilizarlas en nuestro beneficio.

Basándose en las revoluciones científicas que acompañaron al auge del capitalismo, Marx y Engels fueron capaces de desarrollar estas conclusiones con mayor precisión que nadie antes que ellos, y de aplicarlas con éxito a la propia sociedad humana. 

Los principios científicos del marxismo —objetividad, regularidad y práctica— no son meramente una intención o un punto de partida, sino un resultado: el resultado más general de la historia de la ciencia. Esto los impregna de toda la experiencia de la humanidad. 

No se trata de una cuestión secundaria. Un viajero que emprende un viaje podría contarnos lo que va a experimentar y cómo piensa hacerlo. Pero si esa misma persona regresara del viaje y nos contara las lecciones que ha aprendido, sus palabras tendrían un peso totalmente diferente, aunque dijera exactamente lo mismo que cuando partió. 

Sin embargo, debemos admitir que la mera exposición de un resultado no nos lo explica. De hecho, el resultado, tomado de forma aislada, nos aporta poca información sobre el tema que nos ocupa. ¿Dónde está la prueba de nuestros principios? ¿De qué manera llegamos a ellos y cuáles son sus conexiones? 

En La guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, un superordenador trabaja durante 7,5 millones de años para encontrar la «respuesta a la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todo lo demás». La respuesta a la que llega es «42», lo que desconcierta a los descendientes de los creadores del ordenador y los empuja a emprender una misión descabellada para averiguar cuál era la pregunta y cómo llegó a ese resultado. 

Del mismo modo que un conjunto completo de órganos dispuestos sobre la mesa del anatomista no es un cuerpo vivo, un conjunto de conclusiones correctas colocadas una al lado de otra no es una ciencia viva. Sin quererlo, esa defensa embalsama precisamente aquello que pretende defender.

Por sí solo, el resultado es una lista estática e inconexa de conceptos. Por lo tanto, debe situarse en el lugar que le corresponde: al final de un proceso de descubrimiento cuyo recorrido completo debe entenderse primero.

La investigación

Consideremos la historia de la ciencia y su método, tomando la biología como ejemplo. Hoy en día, los orígenes de la ciencia suelen quedar ocultos, como si hubiera surgido ya completamente formada de las mentes de los aspirantes a científicos. Esto pasa por alto el hecho más crucial de todos: que la ciencia surgió de las necesidades prácticas de la producción social. La astronomía y las matemáticas, las primeras ciencias, surgieron directamente de la agricultura, la navegación y la construcción de infraestructuras a gran escala.

La biología no existía al principio como una ciencia específica, pero ya estaba latente en la práctica de las primeras sociedades. Sin tener la más mínima idea de la teoría de la evolución de Darwin, los primeros seres humanos utilizaron el principio de la selección para convertir a los lobos en perros con fines de caza y protección. Más tarde, con la llegada de las sociedades agrícolas, las gramíneas silvestres se cultivaron para obtener trigo, arroz, mijo y maíz; las cabras, las ovejas, el ganado vacuno y los cerdos se domesticaron para obtener carne, leche, pieles, lana y estiércol, y con el tiempo se les enganchó al arado.

Todo esto ocurrió de forma espontánea a través del ensayo y el error prácticos, con escasa ayuda teórica. Algunos pensadores de la Antigüedad plantearon ideas que se adelantaban a la teoría de la evolución de Darwin. El poeta y filósofo romano Lucrecio, del siglo I a. C., sugirió que la naturaleza experimentaba con diversas formas de vida y que las criaturas no aptas o «monstruosas» se extinguían porque no podían reproducirse con éxito. 

Ideas asombrosas para su época, pero, en cualquier caso, especulaciones brillantes, basadas en observaciones individuales limitadas, sin posibilidad de desarrollarlas más allá. Antes de que pudieran descubrirse las leyes subyacentes de la biología, primero había que recopilar y organizar sus datos.

Aristóteles, el padre de la biología, describió unas 500 especies animales, diseccionando muchas de ellas; su discípulo Teofrasto hizo lo mismo con las plantas; Dioscórides, cirujano de las legiones romanas, catalogó 600 hierbas medicinales en un manual que seguía utilizándose quince siglos después. La recolección, la disección y la clasificación siguieron siendo la actividad principal de la biología durante unos dos mil años.

Con el auge del capitalismo, las ciencias recibieron un poderoso impulso. La red de universidades y sociedades científicas creció, y el comercio mundial puso al alcance de los científicos europeos una avalancha de nuevas especies y especímenes.

En el siglo XVIII, el botánico y zoólogo sueco Carl Linneo puso orden en la montaña de nuevos conocimientos empíricos al introducir el sistema moderno de clasificación de animales y plantas. En sus obras *Species Plantarum* y *Systema Naturae*, agrupó a todos los seres vivos en una estructura jerárquica basada en características físicas comunes. Inicialmente dividió toda la naturaleza en tres reinos (animales, plantas y minerales) y desglosó cada uno de ellos en clase, orden, género y especie.

Este fue el mayor logro de dos mil años de conocimiento acumulado. Y lo más importante: proporcionó la base para el inicio de un estudio verdaderamente científico de la vida en su conjunto.

Aunque supuso un gran paso adelante, el sistema de Linneo era rígido. La vida se presentaba como una cuadrícula permanente de categorías distintas y ordenadas divinamente, en la que cada organismo ocupaba un lugar inalterable, y su nombre se asignaba exclusivamente en función de rasgos anatómicos superficiales. Era necesaria una clasificación externa antes de que se pudieran comprender y explicar las conexiones internas de las especies y sus rasgos. Pero, una vez lograda, esta forma de clasificación se convirtió en un lastre para el desarrollo posterior de la biología.

La solución la aportó Charles Darwin, quien, durante su viaje a bordo del Beagle, descubrió una gran variedad dentro de las especies con las que se topó: formas que se desviaban de su lugar «predeterminado» en las antiguas clasificaciones y traspasaban lo que se creía que eran límites fijos.

Basándose en largos años de observación, experimentación y estudio, desarrolló su teoría de la evolución, según la cual toda la vida evoluciona a través de un proceso denominado selección natural, impulsado por la lucha por la supervivencia. Su obra maestra, *El origen de las especies*, comienza donde comenzaron las primeras civilizaciones —y nuestra propia historia—: con la domesticación; y muestra que lo que el criador hace por elección, la naturaleza lo hace por necesidad.

La teoría de Darwin se basa en tres hechos sencillos. En primer lugar, los seres vivos varían: no hay dos individuos de una misma especie que sean exactamente iguales. En segundo lugar, parte de esta variación se transmite a su descendencia. En tercer lugar, nacen más individuos de los que pueden sobrevivir, por lo que la mayoría muere antes de reproducirse. De ello se deduce que los que sobreviven tenderán a ser aquellos cuyas variaciones se adaptan a las condiciones en las que viven. Estos transmiten esos rasgos y, de esta manera, observamos la evolución de las especies, el surgimiento de otras nuevas más capaces de adaptarse a sus condiciones y la desaparición de aquellas que no pueden hacerlo.

Las categorías de Linneo se basaban en rasgos externos sin una conexión interna demostrada. Darwin la aportó al demostrar que todos los seres vivos se clasifican en un orden anidado de grupos relacionados por un origen común.

En lugar de una estructura fija y predeterminada, lo que apareció fue el «árbol de la vida»: organismos en permanente transición, un proceso histórico que se desarrolla según sus propias leyes. Leyes que ahora se nos revelaban.

La biología dejó de ser una lista de nombres y se convirtió en una ciencia de leyes objetivas.

Como todas las leyes naturales, la ley de la evolución no se sitúa por encima de la naturaleza como un decreto; no es más que la forma en que los seres vivos persisten y se reproducen dentro de sus condiciones de existencia. Es el propio proceso objetivo.

No se puede exagerar el impacto del descubrimiento de Darwin. Desde la agricultura hasta la medicina, la genética, la neurociencia y la psicología, por citar solo algunas, la teoría y sus posteriores perfeccionamientos sentaron las bases para enormes avances en la producción y la ciencia. En la práctica, en todo el mundo, en cada nuevo programa de mejora vegetal y en cada vacuna desarrollada, la teoría se demuestra de nuevo cada día.

Lo que hemos presenciado no es solo la evolución de la vida, sino la evolución de la propia ciencia. Antes de que la biología fuera una ciencia propiamente dicha, formaba parte de la agricultura primitiva, basándose en técnicas sencillas perfeccionadas de generación en generación. 

Como ciencia, comenzó con un largo período de disección y clasificación, antes de poder convertirse en una disciplina que se ocupa de las leyes objetivas de la naturaleza. 

En cada etapa, fue la experiencia práctica la que impulsó el avance, y así ocurre con todas las ciencias. Con cada avance, lo subjetivo y lo accidental van desapareciendo, y lo que obedece a leyes y es objetivo pasa a ocupar un lugar central. 

Así, vemos cómo se van revelando los principios básicos de la investigación científica como resultado del propio proceso científico.

La evolución de la humanidad

A partir de lo anterior, un lector podría aceptar que la ciencia abarca la práctica, la regularidad y la objetividad, pero seguir negando que esta realidad sea material. ¿Qué hay de la sociedad humana y, sobre todo, de la conciencia? De hecho, hay algunos científicos que afirman que la conciencia determina la realidad misma.

¿Qué lugar ocupa la humanidad en la historia de la vida? Ya hemos establecido que la lucha por la supervivencia es la fuerza motriz de la evolución. El auge y la desaparición de las especies vienen determinados por su capacidad para adaptarse a su entorno, obtener alimento y mantener la estabilidad.

Entre las innumerables direcciones que ha tomado este proceso, una condujo hacia niveles cada vez más elevados de sensibilidad y, finalmente, de conciencia. Desde las primeras células sensibles, que producían movimientos reflejos ante el contacto físico; pasando por la agrupación de células nerviosas dispersas en los primeros sistemas nerviosos; hasta los cerebros desarrollados de los mamíferos, con un grado de conciencia —hasta que, finalmente, llegamos a la humanidad.

Durante siglos, la religión presentó a la humanidad como la creación de un dios, situada por encima del reino animal y de sus leyes. La teoría de Darwin devolvió de una vez por todas a la humanidad a la Tierra, a su lugar legítimo. Ella también está sujeta a la ley de la evolución.

Pero decir esto no nos explica cómo tiene lugar. No olvidemos que esa misma ley es la que da al elefante sus grandes orejas caídas. El desarrollo de la sociedad humana no puede deducirse a partir de una abstracción; debe rastrearse concretamente en su propio terreno, que difiere profundamente del de cualquier otra especie.

Los seguidores de Darwin sostenían que primero evolucionaron un cerebro grande y un intelecto superior, lo que permitió a los primeros humanos aprender a caminar erguidos y a utilizar herramientas. Esta visión refleja sin duda los prejuicios idealistas de su época. Sin embargo, en su obra maestra El papel del trabajo en la transición del simio al hombre, Friedrich Engels defendió exactamente lo contrario. Para Engels, la interacción física con la naturaleza fue lo primero, y la inteligencia humana fue su consecuencia.

Este proceso comenzó con el bipedismo. A medida que nuestros antepasados abandonaban los árboles y se adentraban en las llanuras abiertas, caminar erguidos les liberó las manos para algo completamente nuevo: el trabajo. Cuando comenzaron a fabricar herramientas, se puso en marcha una dinámica evolutiva. 

La fabricación de herramientas requería cooperación. Esta necesidad social impulsó la evolución del habla, transformando la laringe primitiva para permitir un lenguaje articulado. Junto con la destreza de las manos, la comunicación actuó como estímulo sobre el cerebro, que experimentó un enorme crecimiento. La inteligencia humana no creó el mundo civilizado; fue nuestra interacción física con el mundo la que creó la inteligencia humana.

Ignorada por la antropología dominante durante un siglo, la secuencia del desarrollo humano de Engels ha sido corroborada por el registro fósil: los australopitecos caminaban erguidos con cerebros apenas más grandes que los de un chimpancé, y el bipedismo precedió a la expansión del cerebro en millones de años.

Antes de Marx y Engels, la historia se presentaba como la historia de grandes hombres, de los actos fortuitos de innumerables individuos o de la intervención divina. Ellos demostraron que la sociedad humana, al igual que el resto de la naturaleza, tiene sus propias leyes, que actúan más allá de la voluntad de cualquier individuo: no es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino su ser social el que determina su conciencia. Se trata de leyes que, una vez comprendidas, resultan inestimables para cualquiera que desee cambiar el mundo para mejor.

Al igual que Darwin, Marx remontó la ley del desarrollo humano a la producción y reproducción de la vida misma: antes de que los seres humanos puedan dedicarse al arte, la cultura o la política, deben comer, beber y disponer de alojamiento y ropa. Es en este terreno —la producción social de las necesidades de la vida— donde se desarrolla la historia de la sociedad propiamente dicha. Esto se trata con más detalle en el artículo de Adam Booth de este número: «Los orígenes de la economía marxista».

Al producir, los seres humanos desarrollan herramientas, técnicas, habilidades y conocimientos, también denominados «fuerzas productivas». Para utilizarlos, debemos establecer relaciones definidas entre nosotros; relaciones independientes de nuestra voluntad: ni el amo ni el esclavo pueden situarse por encima de la sociedad esclavista.

Es sobre la base de las relaciones de producción donde se erige la superestructura jurídica y política de la sociedad, junto con la vida social, cultural e intelectual en general. Las fuerzas productivas, sin embargo, no se quedan estancadas. Y, en una determinada etapa de su desarrollo, entrarán inevitablemente en conflicto con las relaciones de producción existentes, que pasan de ser formas de desarrollo a convertirse en trabas. Entonces, como explicó Marx, comienza la época de la revolución social.

¿Qué es la ciencia?

Marx y Engels demostraron que la humanidad es un producto de la naturaleza y que, al igual que el resto de la naturaleza, se rige por sus propias leyes objetivas de desarrollo. La mente humana no es más que materia organizada de una manera determinada y nuestros pensamientos, en última instancia, no son más que un reflejo de nuestra producción social.

En El capital leemos que:

«El trabajo es, en primer término, un proceso entre el hombre y la naturaleza, proceso en el que el hombre realiza, regula y controla, mediante su propia acción, su intercambio orgánico con la naturaleza. […] No se trata aquí de las  primeras formas, de tipo animal e instintivas, del trabajo. […] Una araña realiza operaciones que se asemejan a las del tejedor, y una abeja podría avergonzar, al construir sus panales, a cientos de maestros de la construcción. Pero lo que distingue desde el comienzo al peor maestro de obras de la mejor abeja, es que antes de construir un panal de cera, lo hace en su cabeza. Al final del proceso del trabajo brota un resultado que antes de comenzarlo ya estaba presente en la imaginación del trabajador, o sea, existía idealmente».

En estas líneas, comienza a levantarse el velo que durante miles de años ha ocultado la comprensión de la mente humana. El trabajo creó la mente e impulsa su avance; la mente, a su vez, guía y organiza el trabajo.

En los seres humanos, la vida ya no consiste en reaccionar ante la naturaleza de forma instintiva, sino en manipularla conscientemente, aprendiendo las lecciones de sus interacciones y reaplicándolas. A través del lenguaje compartimos estas lecciones y las transmitimos de persona a persona y de generación en generación.

La ventaja que esto aporta a nuestra especie es enorme. El conocimiento humano no es un proceso individual, sino social. A medida que se desarrollaban las fuerzas productivas de la humanidad, también lo hacían sus ideas. La ciencia es la forma más elevada de esto: la producción sistemática y social del conocimiento.

El pensamiento surge de la práctica. Y es también en la práctica donde se aplica y se pone a prueba. A través de este proceso de destilación, cada avance de la ciencia ha desterrado la especulación, la superstición y a Dios de una esfera tras otra. Lo que ha surgido en su lugar es una imagen objetiva cada vez más clara de la naturaleza, explicada por la propia naturaleza e impulsada por sus propias leyes. Por lo tanto, es natural que estas leyes se conviertan en el eje central de cualquier investigación científica.

Una ciencia viva

«La verdad es concreta», explicaba Hegel. Ser concreto significa ser un todo orgánico. Para comprender verdaderamente algo, no debemos limitarnos a enumerar sus partes componentes, sino también descubrir y demostrar sus interconexiones y su desarrollo necesarios. En última instancia, es aquí donde se encuentra la prueba.

Por supuesto, es natural que la primera incursión en un nuevo tema implique enumerar, clasificar y, hasta cierto punto, aprender de memoria categorías abstractas y conceptos básicos. Esa es la primera etapa de toda ciencia. 

Pero a eso debe seguirle una segunda etapa, un estudio riguroso, que exige sumergirse en el material, entregarse a él y, de ese modo, captar su dinámica real e intrínseca a medida que se desarrolla. 

El método científico del marxismo surge del desarrollo de la propia vida —en lo que Marx denominó el intercambio metabólico de la humanidad con la naturaleza—. El marxismo es la expresión más consciente y coherente de ese proceso continuo. Es un resultado derivado de ese proceso, que se aplica de nuevo a él como método.

Sin su aplicación y su resultado, el método es una abstracción vacía. Sin un método correcto, la investigación se desviará y no alcanzará un resultado correcto. Y el resultado, el objetivo de toda investigación, solo puede sostenerse si se ha basado en un método correcto y se ha demostrado a través del curso necesario de la propia investigación.

Lo que surge es la unidad dialéctica del método científico marxista, su aplicación y su resultado, ninguno de los cuales puede sostenerse por separado. Es precisamente en la interconexión necesaria de cada eslabón con los demás donde se justifica una ciencia. Ya no se trata de un conjunto inerte de principios rígidos, sino de una ciencia viva y concreta que se profundiza con cada aplicación. 

Ese es el método científico del marxismo. Comencemos.