Prácticamente toda América Latina está ahora en manos de copias baratas de Trump.

Esto no es precisamente nuevo. El dominio del continente solo ha sido posible gracias a una red de títeres locales en todos los niveles del gobierno. Pero lo que está pasando ahora es como la imagen invertida de la Marea Rosa de la década de 2000.

Todas las elecciones celebradas durante el segundo mandato de Trump las ha ganado la derecha: Argentina, Chile, Costa Rica, Bolivia, Honduras, Perú y Colombia. A esto se suma el dominio militar y la cobarde rendición de Venezuela, y cómo se está apretando la soga en Cuba.

Estos gobiernos tampoco son reformistas de derecha moderados. Son el tipo de criminales, payasos, mentirosos y cobardes característicos de la era Trump. Cuando no están bombardeando a su propia población civil, están amenazando a los países vecinos.

El de México, con todas sus limitaciones, es ahora el único gobierno de izquierda en el poder con un apoyo popular significativo. En Brasil, Lula podría incluso perder frente al hijo de Bolsonaro, fanático de Trump, en las elecciones del próximo mes.

Esto es lo que The Economist llama «La dramática trumpificación de América Latina», declarando: «Ninguna “ola” política anterior ha avanzado a este ritmo, con esta amplitud ni con esta uniformidad. Tampoco se trata de un regreso al centro-derecha, sino a una política más dura que imita a Trump».

Esa política «que imita a Trump» es bien conocida: detener la migración ilegal, combatir el “narco-comunismo”, recortar los impuestos a los ricos e invitar a las empresas estadounidenses con los brazos abiertos.

Los presidentes de derecha recién elegidos han adoptado la inteligencia artificial, las redes sociales, y campañas poco ortodoxas dirigidas a los jóvenes, a la pequeña burguesía en el exilio y a los votantes descontentos.

Latinoamérica, al menos a simple vista, parece ser la parte más «trumpiana» del mundo.

El arcoíris de Trump

Claro, las apariencias engañan, y las visiones superficiales no cuentan toda la historia.

En primer lugar, el trumpismo es un espectro. Tienes de todo desde los malvados de comiquita como Nayib Bukele, Abelardo de la Espriella y Javier Milei, que imitan a Trump (hasta llevan las mismas gorras tontas) hasta figuras más «outsider» como Rodrigo Paz en Bolivia, y políticos del establishment como Keiko Fujimori, quien solo ganó por un margen mínimo después de postularse cuatro veces.

Lo que los une es que todos son soldados rasos de la Doctrina Donroe. Todos son signatarios de la alianza estratégica Escudo de las Américas, y todos han recibido a las tropas estadounidenses, incluso cuando sus propias constituciones lo prohíben. Todos están más que dispuestos a aislar a Cuba, vilipendiar al comunismo y abrirles los brazos y las embajadas a Israel.

¿Qué ganan con esto? ¿Cómo logran los presidentes que se presentan como nacionalistas cuadrar este círculo de besarle los pies al imperialismo estadounidense?

Por un lado, EE. UU. les ha hecho una oferta que no pueden rechazar. El secuestro de Maduro demuestra que EE. UU. no tiene miedo de usar la fuerza militar cuando es necesario. Y no son precisamente sutiles en sus amenazas. Justo el mes pasado, el congresista estadounidense Carlos A. Giménez, uno de los «Cubanos Locos», tuiteó una imagen generada por IA de Lula siendo secuestrado (al estilo de Maduro) titulada «lo que te espera…». Trump también ha usado los aranceles como herramienta contundente para obligar a los gobiernos a hacer lo que él quiere.

Segundo, una de las demandas más urgentes de la gente es la seguridad. En Brasil, las encuestas indican que el 38 por ciento de los votantes menciona la violencia como su principal preocupación —casi el doble de quienes priorizan la economía. Los líderes de derecha pueden señalar la aparente eficacia de las tácticas de mano dura en El Salvador para combatir el crimen y decir que necesitan equipo militar e inteligencia de EE. UU. para ayudar.

Por último, pueden usar a EE. UU. para su propia supervivencia. A principios de este año, un movimiento masivo en Bolivia amenazó con derrocar al gobierno. El Escudo de las Américas emitió una declaración conjunta de apoyo al presidente boliviano Rodrigo Paz, afirmando que las protestas estaban financiadas con «dinero sucio del narcotráfico y el crimen transnacional». Días después, Bolivia firmó un acuerdo militar de 20 millones de dólares con EE. UU. para entrenar y armar al ejército boliviano. El mensaje era claro: cualquier revolución en América Latina tendrá que enfrentarse a una contrarrevolución financiada por EE. UU.

Los títeres de Trump tienen mucho que ganar, pero no es un intercambio entre iguales. Estados Unidos es el que más se beneficia de este esquema.

Como hemos detallado ampliamente, el imperialismo estadounidense ha perdido terreno en comparación con la posición que alguna vez ocupó en la economía mundial. Se está reafianzando en su «patio trasero», que  considera que le pertenece. Busca mercados que explotar, recursos baratos y mano de obra barata.

Por desgracia para ellos, China tiene un intercambio comercial de más de $500 mil millones con América Latina y ha desplazado a EE. UU. como principal socio económico de toda Sudamérica. El plan de los estadounidenses queda claramente expresado en su Estrategia de Seguridad Nacional, donde dicen: «Trabajaremos con aliados y socios para mantener los equilibrios de poder globales y regionales a fin de evitar el surgimiento de adversarios dominantes».

Estados Unidos sabe que no puede expulsar a China del continente, pero quiere dominar todos los puntos estratégicos clave y negarle a China cualquier influencia militar. La mejor manera de hacerlo es asegurándose de que los gobiernos dependen políticamente de Estados Unidos.

Por eso, Donald Trump y Marco Rubio están haciendo todo lo que está en su poder para que estos clones de Trump ganen las elecciones.

Además de la intervención militar directa, a EE. UU. no le cuesta nada usar tácticas directas de corrupción y engaño para ayudar a sus candidatos, como quedó claramente demostrado en el escándalo Hondurasgate. Unas grabaciones filtradas revelaron una red de corrupción en la que estaban involucrados Trump, Javier Milei y Benjamin Netanyahu, con el objetivo de socavar a los gobiernos de izquierda. Marco Rubio incluso firmó personalmente un memorándum para que el ICE arrestara a un migrante colombiano que era una conocida figura de izquierda en redes sociales que había criticado a Abelardo de la Espriella y apoyado a Gustavo Petro.

Ninguna táctica queda descartada cuando se trata de moldear a América Latina a imagen y semejanza de Trump.

¿Está todo perdido?

Con un panorama tan sombrío, ¿qué se puede hacer? Gustavo Petro no pintó un panorama muy optimista cuando José Antonio Kast ganó las elecciones presidenciales en Chile, al decir:

«El fascismo está avanzando… Es triste que Pinochet tuviera que imponerse por la fuerza, pero es aún más triste que ahora la gente elija a su propio Pinochet: sean elegidos o no, son hijos de Hitler, y Hitler mata gente».

En la misma línea, es común ver comentarios moralistas que culpan a la clase trabajadora de estos países. Un comentario debajo de un video en el que se veía a trabajadores en Argentina siendo golpeados por la policía decía:

«Los argentinos nunca aprenden. En serio, ¿de verdad creían que un idiota fascista iba a arreglar ese país? Disfruten lo que votaron».

Es un error fatal pensar que los gobiernos trumpistas de hoy son tan fuertes como las dictaduras de los años 70 y 80, y mucho menos como la Alemania nazi. Tampoco se puede explicar este giro diciendo que la clase trabajadora ha girado hacia la derecha o que le encanta que la opriman. Eso ignora la evidencia que hay detrás de las apariencias superficiales.

Para empezar, prácticamente ninguno de estos gobiernos fueron elegidos por amplia mayoría. Varios ganaron por márgenes increíblemente pequeños o con una participación electoral históricamente baja. Estos no son mandatos fuertes ni por asomo.

También sería darle demasiado crédito a Trump decir que él logró que estos gobiernos fueran elegidos. Su apoyo puede incluso tener el efecto contrario, como lo descubrió el húngaro Víktor Orbán cuando su popularidad cayó después de que lo visitara JD Vance. Los líderes de derecha en Francia, Italia y Alemania se han distanciado de Trump, que es increíblemente impopular en Europa.

En América Latina pasa lo mismo. Trump se opuso abiertamente al movimiento en Bolivia, pero uno de los principales motivos de la ira fueron los precios astronómicos del combustible, agravados por la guerra en Irán que Trump inició. No era raro ver grafitis en ciudades como Cochabamba que decían «Paz: tu patria es EE. UU.». No era raro ver grafitis en ciudades como Cochabamba que decían «Paz: tu patria es EE. UU.» /

Claro, hay una presión positiva para la derecha cuando Trump entra en escena. Al fin y al cabo, 12.9 millones de colombianos votaron por De la Espriella, un millonario criminal con ciudadanía estadounidense.

La clave, sin embargo, es que la beligerancia de Trump es como una roca gigante que cae en un lago, creando olas en todas direcciones. Cataliza la ira de clase en ambos polos. La pregunta es quién va a aprovechar esto a su favor.

En Colombia, la izquierda fracasó totalmente a la hora de usar el apoyo de Trump contra la derecha.

Petro siempre fue más popular cuando llamó a Trump «asesino» y denunció a los republicanos como «un clan de pedófilos que quieren destruir nuestra democracia». Desafortunadamente, en marzo, Petro se rindió ante Trump y aceptó una gorra MAGA firmada y una copia del libro de Trump, El arte de la negociación.

Esto, junto con una campaña mal gestionada, aseguró que la derecha pudiera llegar al poder por los pelos en unas elecciones que la izquierda debería haber ganado fácilmente.

Es fácil echarle la culpa a Trump por los errores de la izquierda, pero el imperialismo estadounidense sigue sin caer bien. Una encuesta reciente del Pew Research Center muestra que los latinoamericanos ahora ven a China con mejores ojos que a EE. UU., principalmente por la caída en popularidad de este último.

Incluso la principal razón que da la prensa capitalista para el ascenso de la derecha —la seguridad— no es tan fácil de explicar. Las regiones de Colombia más devastadas por la violencia guerrillera y la minería ilegal votaron abrumadoramente por la izquierda en las elecciones de 2022 y 2026. Ya pasaron por la experiencia del Plan Colombia de EE. UU.: bombardeos a viviendas campesinas, infraestructura destruida, ejecuciones sumarias de civiles y una avalancha de crímenes de guerra.

En este contexto, sería más preciso decir que la izquierda ha perdido que decir que la derecha ha ganado.

El inicio del siglo XXI se caracterizó por el descrédito masivo de la democracia burguesa y todas sus instituciones. Esto fue impulsado por la crisis del sudeste asiático de los 90, que los trabajadores de América Latina sintieron de lleno a través de una caída en picada de la inversión estatal y del nivel de vida.

Esta caída, junto con los escándalos de corrupción, hizo que en 2001 solo el 25 por ciento de la población de todo el continente estuviera «satisfecha con la democracia». Por primera vez, la proporción de quienes creían que «la democracia es mejor que cualquier otra forma de gobierno» cayó por debajo del 50 por ciento en toda la región.

Fueron tiempos de luchas titánicas en las que los trabajadores y los campesinos arriesgaron sus vidas para enfrentarse al Estado: las guerras del agua y el gas en Bolivia a principios de la década de 2000, el Argentinazo de 2001, los levantamientos en Ecuador en 1997 y 2000, el Arequipazo en Perú en 2002, la comuna de Oaxaca en México en 2006, la revolución bolivariana de Venezuela y muchas otros ejemplos. El capitalismo estaba maduro para su derrocamiento si hubiera habido una dirección revolucionaria que organizara y uniera estos movimientos.

Pero esta ira se canalizó hacia la elección de gobiernos reformistas de izquierda que en lugar de acabar con la democracia burguesa y el capitalismo, rescataron a ambos. Los gobiernos de Néstor Kirchner (Argentina, 2003), Evo Morales (Bolivia, 2005), Rafael Correa (Ecuador, 2006) y otros dejaron intacto el capitalismo y restablecieron el equilibrio burgués.

Este proceso siguió con la elección de Pedro Castillo (Perú, 2020), Andrés Manuel López Obrador (México, 2018), Gustavo Petro (Colombia, 2022), Lula (Brasil, 2022), Gabriel Boric (Chile, 2021) y Xiomara Castro (Honduras, 2021). Con la excepción de Hugo Chávez en Venezuela, ni uno solo dio pasos para romper con el capitalismo.

pasos para romper con el capitalismo.

Esto fue una receta para el desastre. Aunque pudieron llevar a cabo reformas importantes durante el período de altos precios de las materias primas a principios de siglo, nunca lograron eliminar la raíz de la crisis ni liberarse del yugo del imperialismo estadounidense. Al sembrar ilusiones en el capitalismo, prepararon el terreno para su propia derrota y para el descrédito de la izquierda institucional cuando volvió la crisis, cayeron los precios de exportación de las materias primas y tuvieron que atacar a la clase trabajadora. Perdieron su base de apoyo y permitieron el ascenso de la derecha que tenemos ahora.

Más recientemente, en lugar de adoptar una postura internacionalista, los gobiernos de México, Colombia y Brasil se acobardaron ante las amenazas del imperialismo estadounidense y se negaron a enviar petróleo a Cuba, lo que impulsó aún más este proceso y alejó a los sectores más radicales de la izquierda de la sociedad.

Los reformistas de izquierda, lamentablemente, han aprendido muy poco. Petro, ahora líder de la oposición colombiana, ha aprovechado el tiempo desde la derrota del Pacto Histórico para escribir un libro sobre la creciente amenaza, no del capitalismo, sino del «hiperfascismo», mientras se niega a desarrollar un programa que ataque las relaciones de propiedad capitalistas en Colombia. De igual manera, Roberto Sánchez, de Perú, se presentó con un programa más a la derecha que el de Pedro Castillo y perdió frente a Keiko Fujimori.

Por desgracia para la derecha, tampoco ellos tienen  soluciones para la crisis y van a tener que lidiar con una situación económica aún peor que la de la década de 2000. En Colombia, la derecha tal vez hasta se arrepienta de haber ganado.

La Asociación Nacional de Instituciones Financieras de Colombia advierte que el déficit proyectado para 2026 será del 6,5 % del PIB y requerirá recortes por 63 mil millones de dólares para 2027 a fin de equilibrar las cuentas. Esto es imposible sin un ataque frontal contra la clase trabajadora.

Los lacayos de Trump tendrán que enfrentar estos problemas con un gobierno débil que apenas ganó las elecciones y una oposición respaldada por millones de personas. De hecho, perder las elecciones le ha ahorrado al Pacto Histórico tener que hacer estos recortes ellos mismos.

El resto de la derecha en América Latina está igual de débil. Las elecciones en Perú se decidieron por un 0.27 % de los votos. A Rodrigo Paz, en Bolivia, casi lo han derrocado varias veces y ni siquiera lleva un año en el poder. Milei, en Argentina, se ha enfrentado a movilizaciones masivas contra las reformas laborales que exige el FMI. Kast, en Chile, se enfrentó a movilizaciones semanas después de asumir el poder.

Todo el continente es una olla a presión, y el santo patrón de la derecha latinoamericana, Donald Trump, está empeorando aún más la situación.

Si hay algo que aprender de este cambio político es que la sociedad se está polarizando a un nivel extremo. Los trabajadores buscan soluciones radicales a la crisis y desconfían tanto de los reformistas de izquierda como de la derechita cobarde.

La «trumpificación» de América Latina es un proceso prolongado. No se explica fácilmente con tal o cual demanda de los votantes. No significa que la clase trabajadora se haya radicalizado hacia la derecha, pero sí que, decepcionada por los gobiernos reformistas de izquierda, una parte de ella se siente temporalmente atraída por demagogos de derecha que se presentan como antisistema. Los ataques beligerantes de Trump, que desplazan el comercio productivo chino y derrocan gobiernos, solo están acelerando un proceso que ya está en marcha con la desintegración del capitalismo mundial.

Lenin, al hablar tras la derrota de la Revolución de 1905, dijo que la reacción «solo sirve para intensificar el odio, para difundir la determinación y la preparación concentrada para la batalla». Marx también habló de la trayectoria en zigzag de la lucha de clases, diciendo: «Esa forma espasmódica de despotismo de clase anónimo no puede durar mucho, solo puede ser una fase transitoria. Sabe que está sentada sobre un volcán revolucionario».

Pero este proceso solo crea las posibilidades para que la clase trabajadora gane. La experiencia de la década de los 2000 demuestra que el capitalismo no se derrocará a sí mismo, incluso cuando existan todas las condiciones objetivas.

La tarea principal de erradicar el yugo del trumpismo recae directamente sobre la clase trabajadora de EE. UU. La oligarquía latinoamericana saldría corriendo como ratas si no pudiera contar con las bombas y las armas estadounidenses.

La tarea de la clase trabajadora latinoamericana es, de igual manera, derrocar a sus propios capitalistas nacionales cobardes y unir sus luchas más allá de las fronteras. También hay que advertir que la solución a sus problemas, causados por la crisis del capitalismo, no puede estar en confiar en el imperialismo chino.

Solo si las masas trabajadoras de América Latina toman el control de los vastos recursos naturales de la región en sus propias manos se podrán abordar los graves problemas de vivienda, salud, pensiones, educación, delincuencia y también soberanía nacional.

A esos comentaristas capitalistas que celebran la llamada «trumpificación» les esperan algunas sorpresas. El descaro y la arrogancia con que actúa el imperialismo estadounidense en la región, la forma descarada en que saquean los recursos naturales… nada de eso va a caer bien en América Latina. Lo que se está gestando es una nueva ola de explosiones revolucionarias por toda la región. Esto se va a expresar  de diferentes maneras y a ritmos distintos en cada país, a medida que el movimiento de trabajadores y campesinos recupere la confianza en sus propias fuerzas.

En los últimos 25 años, las masas de trabajadores, campesinos y jóvenes latinoamericanos han demostrado una enorme determinación, heroísmo y abnegación, y han intentado una y otra vez transformar de raíz sus condiciones de vida a través de luchas masivas, levantamientos y contiendas electorales.

Lo que se necesita es construir un liderazgo revolucionario que, aprendiendo de las limitaciones y fallas de los llamados gobiernos progresistas del período anterior, pueda ofrecer un camino a seguir.

Lo que sí podemos garantizar es que la imagen de Trump, rodeado por sus títeres latinoamericanos, va a quedar como un pálido recuerdo en el pasado.