
Las relaciones entre el imperialismo americano y el gobierno mexicano han estado en tensión permanente desde que Trump asumió su segundo mandato. Antes de que se conociera el Plan de Seguridad de los Estados Unidos, las exigencias ya seguían un camino claro: recuperar el control del imperialismo en el continente americano y desplazar a China de la región.
Ninguno de los países de la región se salva de esta política. Algunos, de forma servil, se han sumado al llamado Escudo de las Américas para asumir la política imperialista tal como la dicta Trump. El resto sufre, de una u otra manera, las exigencias del coloso del norte. El método que utiliza el imperialismo para lograr sus objetivos es amplio: va desde la intervención en Venezuela, el bloqueo petrolero y económico a Cuba, las amenazas económicas y militares a México, hasta la injerencia en procesos electorales en Chile y Honduras, entre otros.
Históricamente, el imperialismo ha jugado un papel distorsionador y acelerador de las contradicciones internas de los países dominados. Su peso no solo impacta el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en cada país, sino que también condiciona a las burguesías locales, convirtiéndolas en apéndices del poder imperialista, sin queja alguna de su parte.
Los gobiernos, sean de derecha o de izquierda, se ven inmersos en la dinámica de capitalismos dependientes, atrasados y subordinados a la política imperialista. Esto ocurre en toda América Latina y México no es la excepción.
Mientras el gobierno mexicano insiste en defender la soberanía nacional en el plano discursivo, en la práctica el país se consolida cada vez más como una pieza subordinada dentro de la estrategia económica, política y migratoria de Estados Unidos.
La relación entre ambos países no es una alianza entre iguales, sino una integración profundamente desigual, donde México asume costos crecientes en función de los intereses del imperialismo norteamericano. Un ejemplo de ello es el operativo contra “El Mencho”, el cual lo realizó el gobierno mexicano bajo la presión de norteamérica. Otro ejemplo son los aranceles a mercancías chinas, alineados con la política del vecino del norte. El caso más escandaloso es la negativa del gobierno mexicano de mandar petróleo a Cuba bajo amenaza del imperialismo de imponer aranceles.
Esta contradicción no es nueva, pero en el contexto actual —marcado por la crisis del capitalismo mundial, las guerras proxy, el debilitamiento relativo de Estados Unidos y el ascenso de China como potencia— se ha vuelto más evidente y aguda.
Dependencia económica: una cadena imposible de romper dentro del capitalismo
El fenómeno del nearshoring ha sido presentado como una oportunidad histórica para México. Desde el gobierno de López Obrador y el de Claudia Sheinbaum lo han promovido para atraer inversión extranjera y generar empleo. La relocalización de empresas hacia territorio nacional, impulsada por la necesidad de Estados Unidos de acortar sus cadenas de suministro y no depender de China, se ha presentado como una gran oportunidad, ocultando la sobreexplotación de recursos y mano de obra.
Los gobiernos del PRI y el PAN también presentaron la llegada masiva de maquiladoras como el “milagro mexicano”. Cabe recordar que Salinas de Gortari afirmó que esta política —que implicaba la destrucción de la industria nacional y el aumento de la dependencia económica respecto a Estados Unidos— nos llevaría al primer mundo.
México se inserta en estas cadenas productivas en condiciones de subordinación. La economía nacional depende en gran medida de las exportaciones hacia Estados Unidos: cerca del 80% se dirige a ese país. Mientras tanto, las decisiones estratégicas —inversión, tecnología, distribución— permanecen fuera de su control. Se produce más, sí, pero la riqueza no se refleja en la clase trabajadora ni en los sectores más pobres.
El resultado es una integración que fortalece al capital transnacional sin transformar de fondo la estructura económica del país. Los beneficios se concentran en grandes empresas nacionales e internacionales, mientras la precariedad laboral, el saqueo de los recursos naturales y la dependencia económica se mantienen.
Este modelo no comenzó con los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación; tiene raíces históricas. Lo criticable es que gobiernos que se reivindican “progresistas”, lejos de revertirlo, lo han profundizado y presentado como una fortaleza.
Seguridad: cooperación bajo presión
En el terreno de la seguridad, la situación de sumisión es aún más evidente. Bajo el argumento de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, Estados Unidos ha ejercido presión constante para alinear las políticas de seguridad mexicanas a sus intereses.
Recientemente, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Peter Hegseth, ha señalado que Trump ha trazado un mapa estratégico de seguridad que abarca desde Groenlandia hasta el Golfo de México, incluyendo el Canal de Panamá y varios países de la región. Esto implica que todo lo que ocurre en esta zona es considerado parte de su seguridad nacional.
La llamada cooperación bilateral entre México y Estados Unidos, lejos de ser un ejercicio entre iguales, opera muchas veces como un mecanismo de injerencia. Agencias estadounidenses influyen en la definición de estrategias, mientras el discurso de soberanía se ajusta a los intereses imperialistas .
Desde la llegada de Trump, México ha intensificado las extradiciones de narcotraficantes, modificado su política antidrogas y aumentado las acciones contra el crimen organizado. En el periodo de Claudia Sheimbahum se han requisado 300 tonalidades de drogas, ha habido 40 mil personas detenidas y se han confiscado 30 mil armas de fuego, además se han destruido más de mil 800 narcolaboratorios. Sin embargo, estos resultados responden en gran medida a la presión de los EEUU.
Lo que el gobierno mexicano presenta como colaboración, en la práctica se traduce en subordinación. México asume responsabilidades crecientes en la contención de problemas que tienen raíces compartidas —como el tráfico de drogas y armas— sin capacidad real para decidir acciones conjuntas en ambos lados de la frontera.
La “cooperación” en la lucha contra el crimen organizado funciona, en los hechos, como una forma de control. Esto es muy claro con los países que conformaron el llamado Escudo de las América, los cuales aceptan usar la fuerza letal para combatir a los grupos criminales, así como acciones coordinadas con los EEUU. Aunque México formalmente no firmó el acuerdo de Doral, en los hechos hace lo que le exige el gobierno norteamericano.
La política migratoria de México como extensión de la estadounidense
En los últimos años, México ha asumido el papel de contenedor de flujos migratorios hacia Estados Unidos, reforzando su frontera sur y desplegando fuerzas de seguridad para frenar el tránsito de migrantes latinoamericanos.
En 2024 México contabilizaba 1.4 millones de migrantes indocumentados en su territorio, cifra alarmante puesto que se cuadriplicó en dos años. La política del gobierno es tratar de absorber a estos migrantes dándoles una residencia temporal e integrándose a la vida cotidiana.
La medida de atender a los inmigrantes no es incorrecta en general, nosotros como comunistas nos oponemos a las fronteras artificiales que crean los diferentes países y estamos por el cruce legal de todos los trabajadores del mundo. El problema viene cuando el gobierno es incapaz de dar mejoras sustanciales a todos los trabajadores, incluidos los migrantes y lo único que puede ofrecer son malos trabajos y poca seguridad.
Este giro de política migratoria responde en gran medida a la presión de Washington. México administra una crisis que no generó, pero lo hace en función de intereses estadounidenses.
La migración está profundamente ligada a la miseria, la violencia y las condiciones económicas de la región y esto es resultado de la intervención imperialista y el capitalismo atrasado de la región. Trump ha desatado una campaña de odio contra los migrantes, omitiendo la responsabilidad de su clase en las migraciones masivas y exige que otros países se hagan cargo de ese problema.
El resultado es claro: el muro fronterizo entre EEUU y México no desapareció, sino que se desplazó. Hoy, el territorio mexicano funciona como un filtro migratorio para impedir el paso hacia Estados Unidos.
Mientras tanto, miles de migrantes quedan atrapados en condiciones de vulnerabilidad, convertidos en moneda de cambio dentro de una relación bilateral profundamente desigual.
Una relación desigual que beneficia al imperialismo
El día de hoy existe una integración subordinada de México a los EEUU y quién se beneficia es el gran capital internacional y local. La producción de todas las mercancías que se exportan a los Estados Unidos desde México tienen un fin, hacer más competitivos los productos norteamericanos en el mercado mundial.
En México se crean trabajos precarios, sin prestaciones laborales o las mínimas para que se siga funcionando, se explotan los recursos como el agua, el litio y los llamados minerales críticos sin que el país se beneficie mayormente de todo esto.
En febrero de este año se anunció un plan de acción sobre minerales críticos el cual plantea que México tiene que asegurar el suministro de materias estratégicas a los Estados Unidos como litio, grafito y tierras raras. La idea es que EEUU dependa menos de Asía en este tipo de minerales.
Marcelo Ebrard, el secretario de economía de México que es conocido por su perfil favorable a los intereses del gran capital, anunció este acuerdo como un gran paso para mantener el Tratado Comercial con los EEUU. Este personaje, que tiene en sus manos la negociación del T-MEC, va a ceder ante cualquier exigencia del imperialismo y lo venderá como un gran logro y beneficio para el país.
No hay nada de progresista en el hecho de que México tenga que entregar sus recursos minerales a los Estados Unidos, incluido parte del agua. Es una política de subordinación escandalosa que se quiere vender como un gran triunfo.
El hecho de que se haya votado en la Suprema Corte mexicana que el litio solo pueda ser explotado por los mexicanos abrirá un frente de lucha. Los estadounidenses van a presionar para echar atrás esta medida y doblar a México. El gobierno mexicano echará manos de leyes y recursos legales, pero la única forma de defender los recursos es con las movilizaciones en las calles, como lo hizo en su momento el general Lázaro Cárdenas cuando nacionalizó el petróleo.
Más allá del discurso
El hecho de que México esté sufriendo los embates y amenazas de forma constante por parte del imperialismo norteamericano, no es culpa del gobierno actual. Como lo hemos dicho más arriba, esta presión está siendo ejercida a todos los países del continente, principalmente los que EEUU considera clave.
El gran problema del gobierno de la 4T es que su política para defenderse del imperialismo ha sido ocultar estos lazos de opresión y presentarlos como “relación entre iguales” o “esta propuesta es soberana, nadie nos está forzando”, etc. El gobierno mexicano miente de forma reiterada a la clase trabajadora para tratar de ocultar el papel subordinado que juega México dentro del tablero capitalista internacional.
El potencial revolucionario de las masas para combatir al imperialismo es inmenso, pero el gobierno parece desconfiar de esto. Señalar descaradamente que “todo está bajo control” solo puede llevar a la desmovilización de las masas, algo sumamente peligroso que facilitará los ataques del imperialismo a nuestro país.
Hablar de soberanía sin cuestionar las amenazas y la opresión es una forma de encubrir la continuidad de la subordinación. Peor aún, la política del gobierno de Claudia Sheinbaum es seguir manteniendo esta relación de subordinación, incluso acentuarla con tal de “evitar problemas” con el vecino del norte.
Esto no es exclusivo del gobierno mexicano, se repite en todos los países latinoamericanos, independientemente si son de derecha o izquierda y la verdadera razón es que, dentro del capitalismo no hay cabida para la soberanía nacional de algún país dependiente y subordinado al gran capital. Como lo hemos dicho desde que AMLO asumió el gobierno, si tu aceptas al capitalismo, lo tendrás que aceptar en todas sus formas.
Algunos gobiernos latinoamericanos, incluido el mexicano, están tratando de gestionar el capitalismo atrasado y dependiente en medio de una enorme presión imperialista y lo único que están consiguiendo es mostrar las debilidades profundas del reformismo.
Si México quisiera romper con esta lógica, no bastan ajustes tácticos ni renegociaciones parciales del T-MEC. Se requiere una transformación profunda de las relaciones económicas y políticas que hoy lo atan a los intereses de Estados Unidos. La única salida es mantener una política antiimperialista, anticapitalista e internacionalista.
Es decir, comenzar por mandar petróleo a Cuba y entablar una relación de organización internacional con la clase obrera de todos los países para enfrentar el embate imperialista. Expropiar al capital financiero y ponerlo bajo resguardo y a utilización de las necesidades de la clase obrera. La nacionalización de las grandes empresas y ponerlas a funcionar bajo control de la clase obrera, produciendo mercancías que el pueblo necesite. Armando al pueblo y preparándolo ideológica y materialmente para la lucha. Un llamado a la clase obrera de los EEUU para que luchen contra Trump y contra el capital.
Solo de está forma se podrían romper las bases económicas y políticas de dependencia y preparar el camino para una vida soberana y anticapitalista. Claramente esta no es la lógica del gobierno actual, por tanto debemos de forjar una herramienta de lucha, el partido revolucionario, para llevar adelante estas tareas.